Subo las escaleras, el frío paraliza las manecillas del reloj que se quedó en la hora habitual, dos cuarenta y seis de la madrugada, mi sensación de nervio se completa cuando un auto de motor ochentero da vuelta en la avenida. Sigo en mis pasos, en mis pensamientos, abro la puerta de la azotea, entre la noche, otra vez, alcanzo a ver el rostro de ese ser asomado en la ventana del edificio de enfrente, mirándome fijamente con un gesto serio, casi por reír. No deja de verme, la noche ultra oscura, horrenda, el viento antipático y helado, el ser en la ventana sólo me mira horrendamente mientras la luna ahoga su luz en las enormes nubes grises.
DRN… entumido
