Un grito. El aire citadino en el metrobús enfriaba cualquier tranquilidad. El transporte se detuvo poco a poco, las y los pasajeros desmañanados apostaban por la razón del espantoso estruendo. La Ciudad todavía en sus tonos oscuros. El ruido humano había pasado pero aún quedaba una tétrica sensación, el sonido espeluznante no provenía del autobús bioarticulado, viene de afuera, alguien dijo mientras la música de las bocinas del bus se entrecortaba hasta llegar a un ruido gris para quedarse en silencio. Los faros y luminarias de las calles se apagaron de a poco hasta dejar la avenida completamente a oscuras, las luces del bus rojo hicieron corto y con una breve explosión que provocó chispas y humo el camión se quedó sin luz, apenas un zumbido eléctrico se escuchaba, las puertas trabadas, ¿¡Chofer qué pasa, por qué nos detenemos!?, las voces comenzaban a elevar su tono, ¡Las puertas no se abren!, ¡Qué hacemos!, ¡Empujen la puerta, rompan los vidrios, hay que salir!… ¡Esperen esperen esperen! Alguien gritó con mucha desesperación, ¡Esperen, ya vieron, ya vieron, no rompan nada!, ¿Qué?, ¿Qué… qué es, qué son? Desolación en el metrobús en donde los asustados cuerpos se apretujaban para mirar las sombras que apenas se notaban a través de los vidrios empañados.
El autobús en medio de una niebla fría y la oscuridad, a su alrededor cientos de perros famélicos, gruñendo, caminando lento, muchos, de colmillos gruesos y ensangrentados, de ojos desquiciados, en el camión se comenzaron a escuchar alaridos, la avenida solitaria, las jaurías acorralando el largo motorizado, más griterío, un can comenzó a rugir agresivo y dejó caer la mano mordisqueada que traía en el hocico. Detrás de las nubes, la luna sólo escuchó vidrios rompiéndose, ruidos de personas que poco a poco se confundieron con el salvaje ladrido de los perros. Se escucharon unas pesadas gotas de un inminente aguacero sobre el aceitoso pavimento de la Ciudad.
DRN… de nubes grises
