Yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo a ellas no me salvo yo
José Ortega y Gasset.
-¿Y por qué te gustó estudiar filosofía Melchor?- Inesperadamente pregunta durante la clase de filosofía mi joven alumna a la que casualmente le inquieta saber la respuesta. Muy interesante pregunta, respondo titubeante, pensando una enorme cantidad de ideas que no sé si dentro del contexto del aula tenga una gran relevancia y sea el momento oportuno de responder.
Quizá la respuesta más pronta y sin tanta meditación que pudiese haber dado sería que siempre he tenido una profunda inquietud sobre las preguntas en torno al conocimiento y la multiplicidad de sus áreas y formas. Pero la fugacidad del tiempo en muchas ocasiones no da tregua para sentarse detenidamente a buscar una respuesta complaciente tanto para quien la ofrece, como para quien la espera, y es por ello que la decisión más cabal para dado momento tan repentino terminó cediendo el lugar a brindarle el merecido respeto que se debe a tan profunda e importante cuestión a través de una columna más. Pues en múltiples situaciones la respuesta corta no suele ser la mejor, pero aún más, las respuestas casi automáticas parecen evadir un merecido tiempo para la reflexión, como solía decir mi maestro Rogelio; Cuando te preguntan: ¿Cómo estás? Siempre dices; bien, por no ahondar en la verdad de las circunstancias mentales y emocionales en las que te encuentras, las que te llevarían mucho más tiempo que una larga charla de café. Pero entonces ¿Cuál sería el momento adecuado para dar ciertas respuestas? ¿Habrá momentos adecuados para las preguntas, así como para las respuestas? ¿Qué hace a que a un “filósofo” le guste la filosofía?
Recuerdo claramente que mi primer libro de filosofía fue Así habló Zaratustra, de Nietzsche, y fue un obsequio de mi hermano cuando yo apenas iba en la secundaria, justo por esos mismos días habíamos acabado de leer en la materia de español Las batallas den el desierto, de José Emilio Pacheco. Uno de los libros que más me ha marcado, supongo que habrá sido un poco por la mezcla de la adolescencia y el protagonista que me llevó a imaginar un mundo que no me tocó del todo, pero que aún así lo vivía como mío, las brechas entre lo que uno experimentaba a través de los libros se abrían cada vez más después del Zaratustra, imaginándome entre montañas y reflexiones los límites se irían difuminando al paso en que la imaginación volaba, y junto con ella las preguntas acrecentaban, al parecer en lugar de aprender más comencé a desaprender, como decía Heidegger; en lugar de quedarme en las respuestas cada vez me surgían más preguntas, y si bien nunca fui un alumno de diez, a los profes siempre les agradaba que me acercara después de clases a preguntarles cosas que me surgían de cada materia, aunque en muchas ocasiones no fueran de las suyas. La palabra filosofía se convirtió así en una inquietud de la que ya no podía separarme, como en cada espíritu libre de todo niño que raya en la adolescencia la pregunta causó más curiosidad que la respuesta, aunque para la educación “formal” de aquellos tiempos esto fuera algo anormal. Recuerdo que por aquellos días, durante una firma de boletas, se dieron las palabras que mi maestro de matemáticas, Abel, le dijo a mi papá, no sé que tanto en tono de consuelo o en tono de ánimo, pero lo que sí sé es que marcaron definitivamente el rumbo que desde entonces ya no dejaría, pues al entregarle la boleta ya firmada mi papá, el profe con tono de entusiasmo le comentó; Tiene un hijo muy capaz, aunque no tenga las calificaciones perfectas, sí le recomiendo que lo apoye y acompañe en lo que sea que quiera estudiar, porque su dedicación es peculiar, y cuando un tema le interesa ya no lo deja.
Probablemente la imagen que más he retenido en la memoria de aquel momento fue la confianza y complicidad que parecían pactar entre la figura paterna que siempre he admirado y la del docente que le apuesta a los sueños de un pequeño alumno que parece estar seguro de a dónde va, aun no teniendo entendido del todo bien el cómo llegar.
Las preguntas no necesariamente tienen un momento “adecuado” para realizarse, pueden ser tan abiertas como atemporales, mientras que las respuestas pueden de igual manera suceder de manera inmediata, quedarse en el aire o prolongarse durante toda una vida, de manera más simple la respuesta más adecuada a una pregunta adecuada sugiere una multiplicidad de factores que engloban tanto al tiempo como a la profundidad, y probablemente las circunstancias que logran que a un filósofo le guste la filosofía son tan particulares como diversas en los parámetros del contexto y experiencia de cada persona que encuentra en la filosofía el regocijo del eterno preguntar ¿por qué nos preguntamos?.
A mis alumnos queridos…
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Luis Melchor (El Tres)
septiembre del 2026
#LaNaveVa
