RELATO | CANCIONES TRISTES

7a.m. Las prostitutas están de píe sobre Tlalpan entre Viaducto y Xola, el viento frío se cuela por las minifaldas, roja una, negra de vinipiel otra, un par de vasos de unicel: café con leche uno, café negro el otro, descansan sobre la base del poste de luz.
– Hoy queda…
– ¿Ahorita crees que pase algo…?
– No sé no sé, pero hoy queda…
Las dos se acomodan las minifaldas con sus dedos para no enseñar de más. El sol ya va dándole sus tonos naranjas a las nubes. Los autos hacen que el aire se aloque sobre la gran avenida, las mujeres esperan, los tacones de ambas, rojos. Un hombre de cachucha gris, camisa azul y pantalones de vestir se acerca y le pregunta a una de ellas:
– ¿Cuánto el servicio?
– Dos mil dos maneras y veinte minutos…
Un auto verde se detiene en el primer carril para automóviles mientras varios ciclistas pasan acelerados imposibilitando el diálogo para la transacción. El hombre de la cachucha se retira y sigue caminando sobre la banqueta de Tlalpan, el reflejo del ventanal de un motel le molesta la visión y cubre sus ojos con la mano derecha.
Detenido, el auto verde hace un pequeño embotellamiento sobre la antigua avenida, el conductor toca el claxon en varias ocasiones y sube el volumen de sus parlantes, las ondas de sonido, rencorosas, le dijeron a una de las mujeres, la del café con leche, según tu punto de vista, yo soy el malo, el villano en tu novela, el gran tirano… El Negro Farías siguió cantando, el conductor del auto, pisando el freno aceleró en segunda hasta el fondo, las llantas sacaron humo, mucho, mucho, el motor se calentó, el gesto humano se contrajo, las lágrimas, el humo, los gritos, los claxons de los autos, el sol ya mirando de frente, el conductor soltó el freno, el embrague, el auto aceleró incontrolable, apenas pudo sostener el volante y acelerar en cuarta por una Tlalpan que por su maldita culpa está vacía.
– ¿Ese pinche loco qué?
– Quién sabe, a mí ni me gusta esa canción… (muchas risas)
– Después de tanto soportar la pena de sentir tu olvido, después que todo te lo dio mi pobre corazón herido… (Cantaba más o menos, pero esa canción sí les gustaba a las dos, cuando la escuchaban había una pausa en su pensamiento, en su vivir, en su tiempo, no había días, no había lunes, o jueves, o martes, no había cuentas que pagar, ni clientes, ni trozos de banqueta que defender, no había, sólo música y sus vagas imágenes mentales, sus ideas, sus imaginaciones)
– Pero pues bueno, ya verás que ya mero queda…
– Dios ti oiga… sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor…

DRN… Vía Tlalpan

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