FILOSOFÍAS ESQUINERAS | EL #11 DE MATTENWEG

¿Qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?

Cicerón.

Destapar una cerveza conlleva en sí, casi siempre, un ritual apegado al contexto del por qué se destapa, los factores suelen ser bastante diversos, pero en el fondo arremeten en su mayoría a la intención de disfrutar un momento consecuencia de distintos factores físicos como tomarse un descanso, salir de la chamba, o anímicos como encontrarse con los cuates o los grandes amigos. (sólo por mencionar algunos). En México a estos últimos solemos llamarles “banqueteras”, y suelen ser momentos en los que se encuentran un par de amigos o más para compartir entre pláticas y cotorreo una cerveza, casi siempre los fines de semana después de la chamba en horarios no laborales, es ahí en donde la cerveza o caguama, sirve de pretexto para compartir con cada trago las experiencias del día o de la semana, ya sean tanto las fortunas como las desgracias, los logros o los fracasos, y suelen ser en estas vivencias en las que la cerveza ocupa un poco el cercano lugar entre la confesión y la redención, siempre al lado de quienes te escuchan, aquellos que como terapeutas se encargan de dialogar y opinar sobre lo que uno va haciendo “bien” o va haciendo “mal”, por la cercanía a los allegados uno bien sabe que lo que no puede ocultar y los otros los que no puede mentir, y en ese vago intento de expiación se despliega un somero análisis del “yo”, un posicionamiento en el que uno entiende que no puede “no hay por qué”, tergiversar las cosas mientras que los otros saben de entrada que no debe, siendo fieles a la honestidad, pues aunque no se crea existe un cierto código de ética que entre los compas se denomina la “neta”. Entre los compas, la neta cumple un rol más allá de la verdad, resulta ser casi un código de honor el hecho de sostener que los que se dijo en la charla, fue más que verdadero; fue “la neta”, y entre las netas y las verdades se entrelaza esa confianza de la que se sabe, no tiene que salir del lugar y el momento en que se dijeron, sin embargo, cargan con la misma responsabilidad de entender que si se dijeron es por que “así ha sido”.

Cuando uno comprende dicha situación, comienza a comprender el peso que llevan las palabras al decirlas en esos momentos, y de entrada ya ahí hay un cierto compromiso entre lo que se cuenta como liberación y lo que se aconseja como expiación, al final de cuentas la caguama sólo resulta ser un buen pretexto para la convivencia. Aunque es verdad que la caguama no es necesaria para que esto suceda, también es cierto que no a todos se les facilita la confesión entre compas, y más que por la caguama resulta ser por los cuates o amigos, a unos se sabe qué contar mientras que con los amigos los límites no existen, en México normalmente las banqueteras terminan básicamente por tres razones; porque después de una larga charla cada quién termina despidiéndose por tener que ir a su casa, por que ya no hay chelas o la peor porque llega la patrulla a pedirte que te metas o a llevarte. No es necesario señalar cuál de las tres es la más peligrosa. Para quienes nos gusta compartir una buena banquetera probablemente ya hayamos experimentado las tres, y en distintos lugares, cada uno con su sello característico de la amistad con la que se recuerda, pero hay otras que uniendo a la chela con el lugar y la amistad se vuelven memorables, como las que apenas viví en Suiza con mi carnal el Noé, deambulando entre Zurich, Olten, Baden, Aarau, Albenga y principalmente en Lenzburg ya que de las tres razones por las que se principalmente se acaban las banqueteras en México ninguna se dio, la policía no tiene ningún inconveniente porque andes tomando en la calle (mientras no hagas desorden), las chelas nunca se acababan y tener que ir a dormir era ya sólo por cansancio y no para despedirse. Hacer cuates era muy sencillo sobre todo cuándo los suizos se enteraban que somos mexicanos, me parece que nos tienen en una muy buena estima, son excesivamente amables, eso sí su manera de beber resulta mucho más grande que la de cualquier mexicano que yo conozca y ahí si que está grave, al final de las vacaciones no puedo determinar si en efecto fueron varias las banqueteras que nos aventamos o si quizá sólo haya sido una sola con breves lapsos de descanso. Me parece que la mayoría de las personas que viajan a Europa van siempre con la intención de conocer los lugares más visitados, o turísticos pues, pero en mi caso lo que más me gustó de conocer Europa fue conocer a su gente desde adentro, sus maneras de convivir, de disfrutar y de confesarse, al final no dejó de ser una placentera práctica antropológica que provoca una esperanzadora amenaza de volver a aquél número 11 de mattenweg a echarme otra banquetera.

Al Noé…

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Luis Melchor (El Tres)

junio del 2026

#LaNaveVa

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