– No, Marta, pero, ¿cómo va a entrar en su cerebro, para qué, para hacerla entender?… Y luego, ¿qué pasó con lo de Nadia?
– Ay nono, nada qué ver, pues allá ella, si no quiere entender que no entienda, además ya se lo dijeron todos y nomás no, hasta su papá le dijo y ya vez en lo que resultó, y con lo de Nadia estamos esperando los resultados…
El hombre de cachucha oscura, pantalones de vestir tonos café y botas muy desgastadas esperaba frente al mostrador mientras la persona de adelante pagaba con uno de veinte dos cigarros sueltos -de los baratos- le regresaron el cambio, cuatro pesos, y los dejó en el mostrador, el tendero le quiso avisar que los había olvidado pero prefirió tomarlo como propina y autopagarse uno chicles Canel´s de los verdes. Las señoras platicaban pero hacían mueca de fuchi cuando el vago de los cigarros con su pantalón miado pasaba frente a ellas:
– Marta, pero yo te dije que ese tipo de cosas no se debían hacer, menos con la familia, tú sabes cómo soy yo de cabrona, pero con la familia de plano no…
– Uy sí, pero apenas ni yo sé qué es la familia, no creas que todos salimos del mismo empaque manita, no, la verdad para mí eso nada qué ver ni nada, ni lo conozco y ni lo he vivido, así que por eso ni me preocupo, sola me hago mi café, sola me baño, sola me preparo mis huevos…
Ya frente al mostrador, el hombre de la cachucha oscura, que le decían Sandoval, sólo le decían porque así no se llamaba, escuchaba con demasiadas ganas de chismear a las señoras en su plática hasta que de manera instintiva giró la cabeza, miró a las mujeres, y masculló hacía una de ellas, la sin familia:
– ¿Qué sientes cuando me ves?
– ¿Qué? (contestó Marta, que estaba algo sacada de onda, observando al señor, que sin duda andaba tomado)
– ¿Qué sientes cuando me ves (insistió, esta vez con las palabras más entendibles)…. ¿Qué sientes cuando me ves?
– … (el silencio de ambas señoras hicieron dudar al señor de cachucha que insistió por última vez cambiando el tono de voz, convirtiéndose en absolutamente otra persona, otro ser)
– ¿Qué sientes cuando me ves, cuando mi espíritu atraviesa tus sueños, cuando llego y no estoy, cuado susurro mis secretos en tus ojos, cuando hago realidades en tus imaginaciones, qué sientes cuando me ves y sabes que no estoy y tú tampoco estás, qué sientes cuando no ves, pero me estás viendo? (en la tienda de abarrotes El reloj, sólo se escuchó el chillido de los refris de coca y cervezas después de que el Sandoval tirara tal verbo, las señoras ni lo pelaron, dejaron que se callara, parpadeó cuatro veces para salir de su momento poético, giró el cuerpo y miró al tendero, pidió un cuartito de Charanda, pagó con monedas que dejó sobre el mostrador. Las señoras se rieron un poco, sólo un poco porque temían que el Sandoval se ofuscara y les hiciera algo, pero no pasó, tomó su botella y se fue caminando muy lento.
El cielo enojado y la lluvia de la noche insistente. Marta, antes de dormir en el colchón individual comenzó a sentir algo extraño en su cuerpo, un cosquilleo en sus manos, intentó perderse en el cansancio, pero escuchó en algún lugar de su ser una voz que le preguntaba ¿qué sientes cuando me ves, qué sientes cuando me ves, qué sientes cuando me ves, qué sientes cuando me ves? Hipnotizada, supuso que era una locura hasta que una ventana de su cuarto se abrió y sintió, por fin, el abrazo de la oscuridad, fue entonces que su espíritu fue testigo de el sentimiento.
Aquella noche indescriptible de agosto, llovía con exageración, un cielo gris mal gobernaba la Ciudad, los miles de litros de lluvia removían algo en la mente de Marta, algo sin sentido, con mucho sentimiento, recuerdos y memorias que gota a gota desperdigaban sensaciones en su cuerpo, aquella noche decidió salir de su casa, extraviarse en la calle bajo la tormenta, mojándose hasta la turbulenta alegría de haberse encontrado en este mundo desquiciado.
DRN… atormentado
