Los límites de mí lenguaje son los límites de mi mundo.
Wittgenstein
Hay un dichito por ahí que es de ambiente muy popular, hay un dichito por ahí que es de todos popular, y dice así; ¡y qué mi socio! y dice así; ¡y qué mi hermano! En el Tibiri Tabara… Con estas letras es como comienza una de las canciones más entrañables que me agradan del gran Daniel Santos, y no sólo por su ritmo sabrosón, sino porque entre su alegre nostalgia me retraen a los ayeres universitarios en los que además de aprender, pude conocer otras tantas amistades, y sobre todo una de las más valiosas que me ha regalado la vida; la de Noé Valle, que a su vez me llevó a conocer a otras tantas personas de las cuales lamentablemente no todas quedan. Pero sin duda, formaron una parte muy importante de lo que fuimos y ahora somos.
De las primeras veces que conviví con Noé fueron en las pausas que había entre clases cuando salíamos del salón a fumar dentro de la misma universidad, algo un tanto difícil de pensar en estos días, pero por aquellos era muy común ver a la banda fumando o compartir el cigarro con café con los maestros, no era nada del otro mundo. Eso sí, había ciertas diferencias, desde los que fumaban en pipa o habano, los que fumaban Marlboro, mentolados o los económicos Delicados, que eran los que fumábamos nosotros, y es que para ese entonces aquella cigarrera que los producía aún era mexicana, tiempo después termino cediendo a las grandes corporaciones. Entre esas pausas de cigarro y café fue cuando intercambiábamos diálogos sobre los temas de clase, temas de la época y de repente se atravesaban las posturas ideológicas, en donde algunos coincidíamos y otros no, fue la simpatía y admiración que ambos tenemos por la revolución cubana que nos llevó a encontrar más pros que contras, y desde ahí comenzamos a compartir de pocas a innumerables charlas sobre lo humano y su ser social. Desconozco qué tan frecuente sea el coincidir con una persona de tal manera, hacer click de un día para otro, y cuándo menos te das cuenta ya te aventaste más de veinte años de amistad, pero es justo así, como sucedió.
Pasar de las pláticas de café y cigarro a las chelas y reuniones de fin de semana nos llevó no sólo a convivir más sino poner en la práctica varias actividades en común como el servicio social, el manejo del periódico estudiantil, que era en esos días de edición donde nunca nos faltaba el buen Daniel Santos. Pero lo más importante a nuestro parecer fue llegar a Sentido Contrario, aquel programa radiofónico de culto donde conocimos a la mayoría de nuestros hasta entonces “referentes” del gran movimiento estudiantil de 1968, y por su puesto no sólo a uno, sino el líder estudiantil más representativo del movimiento; Marcelíno Perelló, transcurrió muy poco tiempo para que después de unos días, aquellos de los que tanto escuchábamos de chavos en clases de secundaria y preparatoria dejaran de ser nuestra admiración para volverse nuestros amigos, y es que la camaradería en esos terruños siempre será preponderante, si alguien lo tenía bien claro eran estos eternos estudiantes.
Llegar a Sentido Contrario fue un parteaguas para todo lo que después vendría, pues no era coincidencia que quienes se acercaban a este núcleo estuviéramos ávidos de aprendizaje, pero también con muchas ganas de colaborar, solía decir Marcelí que el estar rodeado de jóvenes impedía que él envejeciera, pues siempre se consideró a sí mismo un estudiante. La mayoría de nosotros los que acompañábamos colaborando en el programa éramos universitarios que estudiábamos diversas carreras como filosofía, sociología, derecho, periodismo, actuaría, historia o letras, y alguno que otro hasta dos carreras juntas, y eso enriquecía mucho las tertulias, previas y póstumas a cada programa hebdomadario, pues nos compartíamos cada conocimiento desde una experiencia distinta, lo que provocaba discusiones y polémicas, pero siempre con respeto y de ahí saltaba al aprendizaje. Esa fue siempre una de las líneas predominantes, el respeto a la diferencia, pensar distinto no debería ser un problema sino la consolidación de conocimiento y para ello habría que voltear a todas las direcciones, sabiendo que la más complicada es la dirección contraria, que, aunque compleja como bien reza aquella rúbrica a veces es la única que tiene sentido.
Muchos años han pasado de aquellos tiempos, muchos grandes amigos se han ido, unos de manera física, otros de manera geográfica, y a veces uno se queda con la ilusión de volverlos a ver a todos juntos, reunidos y compartiendo el pan y la sal como decía mi querido JuanMa “El tiburón”, una copa de vino, un café o un cigarro, a veces esa nostalgia nos duele por imaginar imposibles, pero a veces también es posible reavivar aquellos recuerdos con quienes aún están, sin importar lo complicado que sea llegar, lo lejos o hasta el idioma. Tal parece que ese es, sin duda, el legado de un Salmón, afrontar las adversidades con una firme convicción.
A Noé…
Luis Melchor (El Tres)
julio del 2026
#LaNaveVa
