Donde la luz se queda
la niña no mira a la cámara.
Mira a través de ella.
Como si supiera que el tiempo no pasa…
sólo se esconde.
Sentada sobre la tierra tibia,
con las manos pequeñas sosteniendo un objeto más grande que ella,
aprende sin saberlo
a guardar lo invisible.
El viento le cruza el rostro,
le despeina los pensamientos,
le dice cosas que todavía no entiende.
Pero algo en su pecho
ya está escuchando.
La cámara descansa en sus manos
como un secreto.
No pesa por lo que es,
sino por todo lo que va a guardar.
Risas que aún no duelen.
Tardes que todavía no se van.
Voces que un día serán eco.
La niña no sonríe del todo.
No es tristeza.
Es intuición.
Es ese momento exacto
en el que alguien descubre,
sin palabras,
que todo lo que ama
algún día será recuerdo.
Y aun así, decide sostenerlo.
Apretar el instante.
Encerrarlo en un clic.
Decirle al tiempo, aunque sea bajito:
“Aquí te quedas.”
*
Para ti, que te amo.
Pedro amor
