Tomamos el avión.
Locura total.
Algo completamente nuevo para ti: las revisiones interminables,
las maletas que no cerraban,
los nervios disfrazados de risa,
los jugos carísimos del aeropuerto,
que sabían más a emoción que a fruta,
y esos chicles buscados en la basura
como si el mundo se fuera a acabar sin ellos.
Te veía y no lo creía.
Ahí estabas, con esa mezcla de miedo y valentía,
mirando las pantallas como si anunciaran nuestro destino secreto.
Yo solo pensaba:
“Si esto es un sueño,
que nadie me despierte.”
Despegamos.
Y en ese instante, cuando las ruedas dejaron la tierra,
sentí que también dejábamos atrás todo lo que nos ataba.
Tu mano apretando la mía.
El silencio antes de las nubes.
El ruido del motor como banda sonora de algo que apenas comenzaba.
El vuelo fue tranquilo,
pero por dentro era una revolución.
Mirabas por la ventana, niño viendo el mar por primera vez.
Las nubes parecían algodón infinito,
y nosotros flotando,
como si el mundo fuera pequeño
y lo imposible estuviera permitido.
Por fin llegamos.
La ciudad nos recibió enorme,
abrumadora,
viva.
Luces que no dormían.
Pantallas gigantes.
Idiomas mezclándose en el aire.
Calles que corrían más rápido que nosotros.
Yo solo podía mirarte.
Porque la ciudad era impresionante, sí…
pero más impresionante era verte vivirla.
Caminamos sin rumbo,
perdidos entre avenidas que no sabíamos pronunciar,
riendo por tonterías,
discutiendo por mapas mal entendidos,
abrazándonos en medio del ruido
como si fuéramos el único punto en calma.
Y aunque había miles de personas alrededor,
éramos solo tú y yo.
Dos cómplices en territorio desconocido.
Dos historias cruzándose en el momento exacto.
Dos latidos intentando sincronizarse con el ritmo de la ciudad.
Esa noche entendí algo:
no era el avión,
ni el aeropuerto,
ni la ciudad abrumadora.
Eras tú.
Tú hacías que todo fuera extraordinario.
Y mientras caminábamos bajo luces que parecían estrellas artificiales,
volví a pedir al cielo, en silencio:
Si esto es un sueño…
déjame vivirlo completo.
Aunque después duela.
Aunque después termine.
Porque hay viajes que no se miden en kilómetros,
sino en recuerdos.
Y ese día,
ese primer día,
se quedó tatuado en el ser.
PEDRO AMOR
