El cabo Morales enciende las torretas de una patrulla. Los tacos de guisado le cayeron de perlas y está dispuesto a cumplir con sus labores. Le da un trago a su mirinda, aún fría, y acelera hasta cuarenta, se mantiene en el carril central, acelera más cuando en la radio piden su apoyo con urgencia. Las paredes de la Ciudad, solo miran asombradas.
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