FILOSOFÍAS ESQUINERAS | LA ANTINAVIDAD

En la vida hay que ser tan tercos como los limpiaparabrisas.
Luis, el taquero.

Pásele… pásele… joven, ¿Cuántos tacos le ponemos?, decía mi cuate el Luis, mientras sonriendo con su actitud agradable de siempre, le servía sus tacos a las oficinistas de la esquina que siempre le caen a almorzar. De entre la plática de las señoritas se escuchaban preguntarse sobre el, ¿por qué se da tanto la depresión en estas épocas? ¿Será verdad que la navidad es época de amor y paz? ¿Que el propósito real de dicha festividad sea pasar el tiempo en compañía de los seres queridos? O más aún, ¿para qué se reúnen las familias más allá de las ostentosas cena y regalos? Una plática que aunque no nos correspondía, sin duda nos dejó pensando junto a mi valedor el Luis, quién, después de haberle cobrado a las señoritas, no titubeó en comentar que, Uy no joven, los pobres no tenemos tiempo para deprimirnos en navidad, porque a veces (la mayoría) nos preocupa más el ganarse el taco durante el día para poder llevar del mismo a la casa, esto luego de estar atentos y escuchando sobre aquél término que entre líneas mencionaban y que últimamente se ha vuelto más que llamativo y polémico: Trastorno Afectivo Estacional, y que curiosamente tiene su detonación durante las épocas decembrinas, que irónico que dentro de un mismo plano –nuestra tremenda ciudad de México– habiten los que luchan por la papa y otros que luchan contra sus mismas emociones, pues no suele ser tan difícil poder escuchar o hasta ver a los vecinos peleando durante la famosa cena de navidad, azotando las puertas o mandando al diablo a los suegros, cuñados o hasta los hijos. ¿Cuáles propósitos de estar con los “seres queridos”? Si es sólo para sacar todo el coraje que se había estado guardando durante el año, eso sí, se han preocupado unas semanas antes de qué preparar para la cena, a quiénes invitar, o a qué casa se debería ir a festejar o con quiénes aún no se está peleado, para ver qué regalos habremos de comprar. Hablar de regalos y compras implica el hecho que muy probablemente auspicia el verdadero espíritu navideño, que es el del consumo, pero no sólo el consumo de compras desmedidas y a las carreras, sino también el consumo físico que se lleva al trabajar todo el mes, el año, la adultez, la vida, quizá sea que de aquel consumo es que devengan estas nuevas alteraciones emocionales y afectivas, y siendo sinceros, ¿cómo no? Si es más que común hacernos propias las expectativas que las sociedades de consumo van exigiendo día a día. Hace más de diez años un filósofo surcoreano escribía que, llegaría el día en que la explotación laboral se convertiría en una auto explotación, en la que no se necesitaría ni de un jefe, patrón, o de un amo que tuviera que cuidar a los empleados, porque el empleado mismo asumiría la responsabilidad de trabajar más explotándose a sí mismo mientras creería firmemente que se está realizando, tal parece que sus afirmaciones terminarían siendo casi  profecías después de la tan famosa pandemia, pues quiénes no optaron por trabajar en casa y superar el horario laboral más allá de lo “legalmente debido”, se echaron a la aventura de incursionar como “emprendedores”, tal suerte es la de ver en esto la mal llamada “nueva normalidad”, una en la que exigiéndose demasiado poco impresiona los altos índices de depresión y sus respectivos aumentos terminando como una nota más. Podríamos decir que poco a poco vamos agarrando la mala costumbre de juzgar al efecto, pero sin indagar en la causa, aquello mismo que nos cuestionábamos con mi cuate el Luis, ¿Por qué la gente con dinero tiene depresión? Pues a su parecer la respuesta resulta más sencilla de lo que podríamos llegar a creer: comúnmente las personas que tienen más dinero se preocupan no sólo por cuidar el que tienen, sino por que tengan más, mientras, los que no tenemos tanto nos preocupamos por hacer rendir lo poco que tenemos y apreciarlo, o pa’ pronto, mientras ellos hacen lo que quieren con lo que tienen, nosotros queremos lo que tenemos con lo que hacemos. La importancia no esta en tener mucho para adquirir más cosas, sino en darle la importancia suficiente a las cosas que ya tenemos, como la vida. El chiste mi joven es ser necio frente a la vida, si ella te da un madrazo, tu sopórtale dos, hay que ser tercos como los limpiaparabrisas que mientras más les dicen que no, más se aferran-. Irónicamente esto se aprende a la mala como decía él, es hasta que las cosas verdaderamente importantes te faltan que empiezas a valorar lo que no tiene precio, como la salud, la libertad o la vida.   

a Marcelí 
Que tu viaje a Ítaca no nos impida navegar a contracorriente.
Luis Melchor (#El Tres)
Diciembre del 2023
#LaNaveVa

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