
No sabía que ponerme y me puse a escribir…
“La cantina es un hogar de palabras…”
Ariosto González, “El Barracuda”.
¿Cómo se comienza a escribir? Ah, pregunta tan difícil, aunque haya quienes le apuestan a que no. Bueno, más bien justo por ahí va la onda cuando te lo preguntas en medio de tanto buen material, cuando sueles ver desde quienes sacan la más bella poesía en una peda, pasando por los que desarrollan enormes, interesantes y meticulosas crónicas, cuentos o novelas, hasta quiénes crean enormes e interesantísimos postulados de filosofía con un toque tan único que la convierten en un manjar intelectual. Tantos escritores, con tantas ideas que hacen verlo todo tan sencillo, tan prodigioso, tan envidiable, que cuando uno quisiera hacerlo de manera similar nomás no ¡ay, ay! Hay algo que nomás no cuadra, no se parece a aquellos que admiras, no convence, deja mucho que desear y de repente lo borras una y otra vez, lo sobre escribes o lo dejas, así nomás, arrinconado por un momento, autoguardado en la papelera de reciclaje, para después perderlo en el olvido y posteriormente ya no volver a verlo jamás. Y es que a pesar de que uno quiera forzar las letras, cuando las palabras se esconden, no parece haber estilo, autor o género que logre sacarlas, lo sé, pero sólo pasa con unos (dirán) la mayoría quizá, más no con unos cuántos, aquellos otros que han creado tanta genialidad a lo largo de tanto tiempo, o también en estos días que al fin también es parte de aquel, tal parece que para ellos esto no es necesario, ni detenerse a leerlo decenas de veces, ni preguntarse si gustará, y a veces en muchas ocasiones ni si quiera pensar.
A pesar de que la escritura ha sido considerada uno de los más grandes logros evolutivos que ha tenido el lenguaje humano, hay detrás de ésta un mundo que abarca otros tantos mundos dentro de sí y pues, es que con ello se contribuyó al desarrolló la facultad de pensar y repensar, además de oír, también leer, pero sobre todo interpretar. Sí, es el mundo de las letras un mundo donde caben otros tantos miles, desde el que quería describir el autor, el que había pensado, el que rayoneó, tachó, sobre escribió, hasta por el que terminó siendo, al intempestuoso paso del autocorrector, el corrector de estilo, el editor, la publicación y el tamaño donde ya no cupo en dos columnas, una sola página u 800 palabras. Ah, y por obvias razones están los mundos de la interpretación de los diversos personajes que se dieron a la tarea de echarle un ojo a aquel texto que costó sudor y sangre, o quizá no, y sólo fue como diría mi querido Diego Robleda “Un desvarío”, y que chín, sin querer, salió magnifico a la primera.
He aquí lo interesante, ¿de dónde viene la necesidad de tener que escribir para el otro y de dónde la de escribir por escribir? Tal parece que cada una es, o al menos debería ser, guiada por la función que pretende cumplir, función que a su vez va de la mano con el interesado al fin, en el caso de la primera esto se vuelve un poco más claro es decir, se convierte en un “casi” compromiso para con el lector, presentar una lectura interesante “convencer, gustar o complacer”, en todo caso se va convirtiendo cada uno en siervo de su propio estilo. Pero ¿Qué pasa con el caso de la segunda? ¿Qué pasa cuando uno escribe por escribir? Pues bien, en casos como estos es en donde puede uno probar lo bien que se siente decir cuanta ocurrencia sin necesidad de estar atado a los prejuicios.
Desconozco cuántos brillantes escritores han llevado esto del admirable talento a la práctica, pero los hubo, los hay, y los habrá, muchos por ahí escondidos, escribiendo para sí, para ellos, para todos y a la vez para nadie, ¡Ey! Los hay, de muchos de ellos los he visto publicando en las revistas a las que los invitan, poemarios, columnas, compendios, editoriales, pero también en servilletas, en sus agendas, hojas sueltas, libros y hasta en feisbuk. Los hay, si que los hay, aquellos que escriben sobre letras, sobre sueños, sobre deseos, pero también sin pretensión, a veces callados, a veces elocuentemente lanzando gritos con la tinta. Pero de muchos de aquellos poco se leerá, escribir a veces, la mayoría, suele ser un acto de liberación, un escape de aquellos que se suele resguardar con nostalgia o con dolor, con alegrías o con evocaciones de tiempos que ya no te verán. ¿Cómo se escribe? ¿Cómo se comienza a escribir? ¿Cómo se acaba de escribir? Qué difícil es una respuesta, antes bien suele llegar otra pregunta más ¿Para qué escribir? Quizá aquí ya se vaya perfilando una plausible idea dirigida hacia una funcionalidad, pero ¿Y si no la hay? ¿Qué del que escribe por escribir? ¿Qué de quién escribe para no ser leído? Sin pretensiones, sin esperar algo, quien escribe para sí o para nadie, quizá para decir nada. ¿Cómo acaba un escrito? Quizás y lo más probable es que casi ningún escrito acaba, ¿será…
…al Tiburón Palacios.
Luis Melchor (El Tres)
Octubre 23 del 2023
#LaNaveVa


Una respuesta a “FILOSOFÍAS ESQUINERAS | LA ANTIESCRITURA”
Plantea el autor: ¿Cómo se escribe? ¿Cómo se comienza a escribir? ¿Cómo se acaba de escribir? ¿Para qué escribir? Exquisitas reflexiones pero lo mejor ha sido el final. Gracias.
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