La primer caguama del día es la más nutritiva.
Juan Manuel Palacios El Tiburón.
El mejor regalo que se le puede hacer a un amigo, es otro amigo, solía decir mi querido Tiburón, o mejor conocido en el bajo mundo contracultural de la amplitud modulada como Juan Manuel Palacios, desde la primera vez que lo escuché decirlo me hizo completamente partícipe de considerar dicha frase como un imperativo.
El Tiburón era un personajazo, de los pocos jóvenes que son habitados por la bohemia y sabiduría de los viejos, una persona tan mesurada y propia a la vez que alburera y de barrio, JuanMa, como solíamos decirle algunos cuates, casi siempre se distinguió por tener las palabras precisas a las complejidades humanas inherentes, pero además de ello se destacaba por ir, a su vez, más allá de lo cotidianamente cuestionable, cuando uno solía creer que se sabía ser crítico, él encontraba vertientes poco vistas o de plano no percibidas, como aquella vez que estando ya cansado dobló el cuello después de sentarse sobre el sofá en aquél famoso estudio de radio de A.M. y con la cabeza descansando en el respaldo de aquél sillón no dejaba de ver el detector de humo que se encontraba justo por encima de su cabeza, mientras se fumaba su cigarro comenzó a cuestionar por qué los detectores de humo no “detectaban” el humo del cigarro, junto con la tajante afirmación; “pa mí que esas madres ni sirven”, no conforme con la evidencia, y a pesar de su tan envidiable descanso, decidió levantarse ir por una silla, subirla al sofá y luego subirse encima de ambos para acercar a escasos centímetros su cigarro encendido, para quedar totalmente convencido de que en efecto y a pesar del supuesto “foquito de encendido” del dichoso detector de humo, éste servía para lo mismo que un abrigo en primavera.
Conocí al Tiburón en el año dos mil siete, gracias a mi mejor amigo Noé, quién desde un momento antes de presentarnos, bien claro me dijo; te caerá bien, es bien a toda madre. ¿Quién diría que lejos de caerme bien el Tiburón se volvería, al poco tiempo y de igual forma, uno más de mis mejores amigos? A pesar de que me llevará sólo un año y medio de edad, el recorrido que tenía frente a la vida era tan basto como su conocimiento, su experiencia nos llevaba a platicar noches enteras entre cigarros, chelas, jaiboleras y música desde Leonard Cohen hasta The Pretenders, noches de bohemia al más puro estilo de las cantinas a las que solía frecuentar y en las cuales siempre encontraba a uno o dos cuates, y eso sin mencionar aquella otra al sur de la ciudad en donde su cuenta era abierta, tanto lo querían que se las daba de presumir en ser la única persona que podía entrar consumir y “no pagar”, (porque al final siempre lo hacía). Su presunción nunca radicó en gastar o tener para gastar, sino en la amistad que tenía de tal sitio, y no sólo de ese, sino de todo aquél al que llegaba, pues una de sus tesis fundamentales era precisamente esa; no hay mayor bien que una buena amistad. Esa forma de pensar se veía siempre reflejada en las personas que lo rodeaban, pues no había ninguna que el conociera que no lo admirará y quisiera, otro de nuestros grandes amigos, el buen Marcelo, siempre se refirió al Tiburón como una persona muy “amable”, pero siempre hacía énfasis en que era amable porque era una persona a la que muy fácilmente se le puede amar, algo así como si eleváramos al cuadrado el grado de la palabra querible.
De entre la banda salmona de la que formábamos parte, el Tiburón siempre destacó por eso, por ser muy único en su forma de ser, porque a los amigos siempre les extendía la mano, su enorme compromiso social siempre lo llevaron a buscar cada vez más amigos, desde aquél viejo rincón de la radio hasta el reclusorio oriente donde acostumbraba llevar, ropa, víveres, cartas o simples palabras de aliento para nuestros queridos “salmones enlatados”. Gracias al Tiburón Palacios fue que hice muchos nuevos amigos como mi querido Marcelí o el pequeño Gaviero, varios de ellos me llevaron a otros amigos más, de los cuáles sigo aprendiendo que aquella tesis que manejaba, aquella que siempre nos compartía, lleva consigo no sólo una teoría discursiva, sino la confirmación misma de que nuestros seres queridos siempre estarán con nosotros a pesar de su partida. El pasado 23 de marzo de este año mi querido JuanMa, El Tiburón Palacios, habría cumplido cuarenta y cinco años, y a pesar de los pesares aquí sigue el cabrón, como perfectamente dijo Ariosto el día de su partida; El de mirada rebelde, palabra comprometida y amistad eterna.
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El Tiburón entre Salmones.
A JuanMa, “El Tiburón Palacios”.
Enorme abrazo hasta Ítaca.
Luis Melchor (El Tres)
marzo del 2026
#LaNaveVa
