CRÓNICA Y GALERÍA | SOR JUANA EN LETICIA SERVÍN. FIL PALACIO DE MINERÍA 2026

De tantas veces que digas mi nombre tu corazón se abrumará hasta la sequía. De mis respiraciones vivirán tus sueños, de mi torpe existir en el mundo encontrarás tu razón en esta galaxia. De tantas veces que digas mi nombre dejaré de ser estatua en tu museo de piedras. El vago, aún pedo, sigue su camino diciendo palabra tras palabra hasta llegar a la esquina con Tacuba, se detiene, busca en sus harapos de mezclilla y encuentra el panalito, un trago largo y sigue en su andar de palabras.
En los relojes de la mayoría debieron ser las 18:40hrs. Un relajo para saber cómo entrar y al final de lo más fácil: por la entrada. Kuak. La FIL Palacio De Minería es grande, hay variedad, editoriales independientes, las chonchas, las tranqui y muchas sorpresas. Intimidado por las columnas apestando a historia busqué la capilla, algo debía expiar de mí, algo debía arrancar para haber llegado a este recinto, ante la música, frente a la guadalupana y sus querubines cuidándole la sonrisa, aquí, un viernes de Sor Juana y Leticia Servín.
Los de TVUNAM balanceaban a blancos y calibraban el audio. La gente comenzaba a entrar a este ritual apasionado. En sus bancas, las y los creyentes encontraban su lugar para comenzar con el rezo musical. Murmullos, pasos en la duela, madera rechinando bajo la luz amarillenta de esos candelabros. Entró Leti seguida de sus compañeras y compañeros músicos, aplausos guardados en ecos que se mantuvieron latiendo todo el concierto. Cerradas las puertas la ceremonia se hizo personal, un delirio en secreto, Leti presentó el repertorio inspirado en Sor Juana, uno que otro grito amenizó la entrada, y Leticia nos persignó señalando la justicia que se le hacia a Sor Juana cantándole en esa capilla. Un viernes de calma enfrentándonos a la letra honesta, la canción de la rabia humana, de tiempos antiguos que son tan nuestros, un viernes en la energía de la música, de la guitarra y el violín, de los coros, del chelo y los instrumentos ancestrales de viento. Leticia interactúa con el público, hay risas, alguna petición, algo de llanto, un poco de moqueo y suspiros. 
La capilla en su momento de rezos, las y los feligreses atentos, dosificando sus recuerdos, sus memorias, las imágenes en su cabeza, las sensaciones despertadas por la voz, por las melodías. Ante nosotros la energía pasando factura de manera religiosa, las canciones atrapadas en esos muros, en los remates dorados, en las pinturas gigantes plasmadas en el techo: el relato en tintes pastel, la historia en donde varios nos perdimos hasta la torticolis mientras Leticia Servín servía con manía y sin cobardía un banquete musical.
Pausa. Ahora que escribo esto se me antoja un café. No quiero levantarme hasta terminar de escribir esta crónica, ¿esta crónica? Lo que sea, este contar y contar e inventar, este ser y no ser, estar y no estar, y ahora escucho a Gilberto Gil con Flor y Vento, en su Tini Desk, y es lo que este amanecer merece, el arrullo ideal para el dormir de Marifer y Valentino, este nuevo comenzar, este otro estar lejos de la capilla, el sol por ahí anda, la luna muy llena, muy satisfecha se va sin pena, burlándose de las filas en los parabuses, la gente caminando, necia y sorda en el metro, un metro que debió llevarme al Palacio de Minería, y ahí, ahí estoy, escuchando como ahora a Gilberto Gil pero a Leticia Servín y su pandilla, experimentando una sensación en mi cuerpo, esa que llega por los oídos y paraliza, que arrebata la atención y Leticia ahí, con su guitarra, bailando quedo en el escenario, agradeciendo al público, a sus compañeras, a la gente que vino y pide alguna canción y también la cantan, la sienten, porque a veces no hay que saberse la rola, solo dejarse oídos, ser escucha y nada más, nada más.
Una misa corta, de alegría y dolor, desamor y agitado palpitar, de respiraciones entrecortadas y entrecortada el habla, el pensar. Se echan la del estribo porque pidieron otra y pus otra escuchada con la misma paciencia, con el mismo respeto de sábado por la tarde en la FIL Palacio de Minería; nos dimos la paz y fue momento de salir en calma, al pasar por la puerta de salida el meteorito me mira incrédulo, levanto la cara y encuentro al caballito y su jinete señalándome, atrás de la onda ecuestre el MUNAL, a la izquierda Correos, el Sanborns y Bellas Artes, a la derecha la gran calle y el Café Tacuba, salgo del sitio, otras y otros se quedan para la foto, el saludo con Leticia Servín. El vago, echado en la plaza Tolsá, mirando al cielo, repite y repite y repite un chingado nombre que le sabe a alcohol del noventa y seis..
Ahora sí, voy por mi café.

DRN… tranquiliño.


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