El vago le sirve a mi vaso un poco del líquido verde de su cochambrosa botella. En la bocina de los tacos se escuchaba algo medio de cumbia y así. La Ciudad fría hasta en sus más recónditas entrañas, el otro vago, el del perro, pide un taco de salchicha y otro de milanesa, con arroz ambos, además uno de bistec para el can que se ve de pocos amigos. Apenas doy un trago al vaso y siento el resentimiento del viento, trato de balbucear palabras. Me despido del personal y camino sobre Tlalpan toda polvorosa, en su cosmética urbana premundialera, camino esquivando material de construcción, baldosas de concreto, autos y mi mente absurda, eso es lo único que no esquivo, eso es lo que no puedo evadir. Aún oigo la risa del vagales cagándose de risa de mí. Llego a un edificio oscuro, entro sin saber de rumbos, sin negarme a la torpeza, subo escalones, me pierdo en ciertas oscuridades, me asimilo errante y tambaleante, una tonada tonta marea la cabeza, subo hasta llegar a una azotea en donde una sombra, un ser se encuentra de pie, fumando un delgado cigarrillo; nublado del pensamiento, intento decir algunas palabras, el ser, sólo señala el horizonte citadino, observo: la luna gigante, roja, rojiza, entintada de sangre del universo, de grana cochinilla, nos mira, nos mira enorme, en mi torpeza, en mi viaje de brebaje de vago, intento tomar una foto con mi celular, el ser de oscuridad me dice con voz madrugante, mejor vamos a verla. La noche se hace dueña del momento, la luna desaparece entre las nubes grises, el ser y yo quedamos petrificados en esa azotea, mirando a la Ciudad, convertidos en las gárgolas de un edificio decadente y apestoso a humedad.
DRN… atarantado
