RELATO | MAULLIDO DE LA LUNA

El vago de gesto serio y enojado se guarda un billete de cincuenta pesos en su saco mugroso y maloliente. Celio, apresurado, tosiendo, sintiendo los gérmenes de la Ciudad en su piel, intenta llegar al tren que apenas frena en la estación, el sujeto siente un calor confundido con humedad en su cuerpo, acelera los pasos mientras el convoy anaranjado frena, Celio, agitado, se obstina con llegar al final del andén antes de que el naranjado se detenga. Se acuerda de la flaca mujer y el barbado y mugroso que platicaban sentados en la banqueta cerca del árbol con un chingo de basura a su alrededor, bolsas de plástico, botellas, jeringas, caca. Adentro del vagón observa los automóviles y a las personas en sus pasos fríos, también observa un avión en el oscuro cielo. Sólo viaja una estación, lo suficiente para que su ritmo cardiaco se acelere y sienta la turbulencia permanente de esta Ciudad. El metro llega a la estación, desciende entre el ruidero, baja escaleras, huele a noche, a humedad, a perfumes buenos, baratos y naturales, se huele, se topa con el puesto de periódicos y mira en la portada que los gringos de nuevo repitiendo la historia ambiciosa de la humanidad, interviniendo en territorios ajenos, camina, ajeno, a sí, a la Ciudad, al maullido de la luna.
Antes de saludar al señorsito que es guardia de la tienda del ISSTE, toma un chocolate de procedencia artesanal, se dirige a la parte de los congelados y toma una charola de nuggets de 20 piezas, después se acerca al refri de las cocas y toma la que piensa es la más fría, la de seiscientos, hasta esa esquina de la tienda se escucha la salsa incomparable que sale de la bocina de la edecán que en ese momento platica con la señora de seguridad privada que recibe las bolsas y maletas para después entregar un cartón con un número pintado con plumón como ficha.
Salió de la tienda después de pagar sus alimentos nocturnos. Los charcos asentados le devolvían su rostro insensato, su gesto deforme, caminó hasta llegar a la puerta de su aposento. Subió escaleras, sacó la llave de su pantalón y abrió una puerta metálica. Pasó a un ambiente frío y oscuro en el que se sentía cómodo, dijo, Alexa, Miles Davis, el robot le regresó la tonada más pinche melancólica que podía existir en el planeta Tierra, dejó la bolsa de compras, en algún mueble, encendió la cafetera, molió hierba que sacó de una caja de madera, forjó un delgado porro con filtro de vidrio y lo dejó en la mesa que estaba a un costado de la ventana. Se acercó al balcón y volvió a su forma gatuna, así, quieto, observado, felino, ronroneante, pasó la noche mirando la luz de los autos, percibiendo el aire frío, recordando que jamás podría acabar con el hechizo de vivir.

DRN… miau.

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