FILOSOFÍAS ESQUINERAS | LA ETERNA AUSENCIA PRESENTE

Cuando nosotros estamos la muerte no está, y cuando la muerte llega nosotros ya no estamos.

Epicuro.

Las vacaciones pasadas regresaba a casa de mis padres para ser recibido por una muy triste noticia; Doña Juanita había muerto, aquella vecina tan amable, educada y cariñosa, desde que yo recuerdo siempre me llamó “Luisito”, hasta hace unos meses que la dejé de ver. Doña Juanita era conocida y muy querida por el barrio, muchos de los que hoy somos adultos crecimos nuestra infancia yendo a comprarle dulces a su puestecito que sacaba afuera de su casa, en realidad no estoy del todo seguro sí el pequeño negocio daba lo suficiente para sus gastos, supongo que sí, pues hasta donde llegue a ver aún lo sacaba, y cuando pasaba por su calle aún me saludaba con su ahora ausente; hola, Luisito, que de alguna manera ahora extraño. El enterarme de su muerte me llevó a sentirme bastante triste, pensando en que ya no pude verla por última vez o como acostumbramos decir en México; despedirme de ella en su funeral, pero también me llevó a recordar tanto aquellos años de la infancia, cuando pasaba de regreso de la escuela primaria cargando mi mochila tipo maleta color café a comprar unos cuántos dulces con lo que había sobrado de los pesos que me habían dado para gastar, normalmente no me alcanzaba para mucho, salvo para una bolsita de “lagrimitas” (chicharrones con salsa), unos cuántos “tarugos” (pequeñas bolitas de tamarindo cubiertas de chile piquín) o si acaso un par de chocolates que tenían una vaquita en la envoltura.

Cuándo uno es niño, algo más agradable que comprar dulces es que te los regalen, no importa que sea uno pequeño, casi insignificante, la emoción que genera ese pequeño gesto es tan significativa que una vez que pasa, es muy difícil que se pueda borrar y Doña Juanita lo sabía, no es que de alguna manera quisiera ganarse el cariño de los niños, pero lo hacía, normalmente el día del niño o en navidad, no supe si el día de muertos acostumbrara hacerlo porque nunca lo he pasado aquí en la ciudad, una ocasión escuché decir a Manuel, un amigo del barrio, que sí llegó a verla hacerlo, pero yo ya no pude constatarlo. Manuel Alejandro, al igual que Juan, Omar, Toñito, Panchito, Pablo, Chuchito, mi hermano y yo éramos la típica bandita de chavitos que salían a jugar fut por las tardes, después de la escuela, ya que el sol empezaba a disminuir nos quedábamos de ver en la misma esquina, allá en donde nos reuníamos para echar la reta, sólo esperábamos que estuviéramos en pares para que comenzará aquel famoso juego del “gol gana”, ese del que jamás te llegas a imaginar que podría ser el último que disfrutarás en tu niñez. Recuerdo perfectamente que cada uno de aquellos partidos se vivía con tal intensidad como de liga profesional, y es que no era de a gratis, pues el equipo perdedor tenía por honor que pagarle las Lulús (pequeños refrescos de sabor) al equipo vencedor, las Lulús, no podían faltar en cada partido, ya fuese vencedor o perdedor, todos terminábamos tomando nuestro pequeño refresco que nos sabía a triunfo ahí a fuera de la tienda de doña Raquelita, que al igual que Doña Juanita se nos adelantó hace muchos años. Fue por aquellos años de partidos en los que conocimos a uno de nuestros más grandes amigos, Jonathan; “La tesoro”, hay quienes dicen que el apodo era por hacer referencia a su parecido rubio con la cantante Laura León, otros, decían que era por su estilo de juego, al que consideraban ser como una diva, pues sí que tenía un estilo único, al menos siempre destacaba entre las retas callejeras o en los partidos más formales en los que después haríamos historia en el barrio.

Jonathan, La tesoro, también se nos adelantó hace ya más de diez años, no tenía mucho de haber cumplido los veintinueve años cuando nos anduvieron avisando por la madrugada esa noticia que sabes que si son de madrugada no son para nada buenas y que ya informadas difícilmente te atreves a aceptar, cuando tus mejores amigos se van siempre te dejan una gran marca ahí entre el estómago y el pecho, una especie de suspiro atorado, de esos que luego ya no sabes cómo sacarlo o se van acumulando.

Con el paso del tiempo uno se va dando cuenta de algunas certezas: el mundo jamás será el mismo, tampoco el barrio por donde caminabas y jugabas de pequeño, ni los rostros que ahora ya no te saludan, y aquellas calles se quedan ahí como mudos testigos en presencia de lo ausente. Es cierto que la muerte siempre está presente, sólo que no nos percatamos o no nos queremos percatar de ello, quizá por la costumbre quizá por querer evitarla, pero suele ser hasta que ya no queda de otra, o que ya no están los que estaban, que entendemos que el mundo en el que vivíamos ya no volverá a ser el mismo, las ausencias se van sumando en nuestra efímera permanencia llevándonos a tener que asimilar que algún día también llegaremos a ser parte de esa eterna ausencia.

Al tesoro, y a toda la banda de la piedra, un día comenzamos aquél

“Gol gana” Sin saber que sería el último.

Luis Melchor (El Tres)

octubre del 2025

#LaNaveVa

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