ESPECIALES DE HORROR | LA SOMBRA ETERNA

Mañana no tengo tiempo. Mañana no. Ahorita nada más acabo estas tortillas y ya me voy, ya mañana tengo examen y no creo estudiarle muchio, nomás estas tortillas, nada más y cierro y ya me voy, ya ni hambre me dio, ya ni modos, ya para qué, a ver si no me desmayo en el metro. 
El perro de la calle, mugriento, hambriento, mira al muchacho que mueve las manos cerca del comal; en la avenida los autos luchan contra el viento frío, los edificios de la Ciudad encienden sus luces, las callejuelas se silencian poco a poquito; al motel entra un jovencito de cachucha oscura, mariconera yordi. De la tienda de abarrotes de la esquina emerge una sombra enorme, otro perro, menos callejero, perra, perdón, perra, lo sé porque estuve ahí, la perra, no lo dudó, instinto animal y atacó (el dueño, dueña, no sé, estaba en la tienda comprando sabe qué cosas) la sombra, afuera, en la calle, hizo aún más oscura la noche, más calladita, más cabronsita, más incómoda, más fría, mi cuerpo comenzó a temblar, ahí, detrás del árbol de raíces grandes, el perro ladraba y ladraba, ladridos enojados, de vida o muerte, de morder y arañar. Silencio. Mucho silencio. Mucho. Osea, mucho mucho. De mente y de vida. En estas calles mucho silencio, nada más, no en el mundo, en el mundo: la vida, lo digital, las explosiones, las malas noticias, las risas, pero aquí en estas calles de la Ciudad: mucho silencio. 
Oscuro el pensamiento, la sombra avanzó hacia la avenida grande; el muchacho de las tortillas de los caldos de gallina bajaba la cortina metálica del local, antes de azotarla en el suelo, la sombra se coló por un huequito. El frío viento se restregaba en la piel de manera violenta. Un joven de sudadera oscura y la capucha puesta avanzaba lento por en medio de la calle, los autos estacionados, la noche muy extraviada en sus miles de historias, el joven de la bici y la sudadera avanzaba por el oscuro asfalto, otro perro, más callejero, ladró, no a la bici, no al sospechoso joven, ladró y ladró, la bici avanzó, la vi irse, lejos, lejos, se hizo chiquita, muy chiquita, ya de lo otro ni hablar.
Qué bueno que no llovió. La anécdota habría sido más tenebrosa y el vago se hubiera mojado. Hay momentos, hay eventos, así, que nadie cree, que ningún ojo humano vio, no lo sé, no lo sé, ya luego, ¿para qué contarlos, para qué creerlos?, tan distraída la humanidad, tan perdida en sí, que ni importa, no importa el viento frío, no importa la luz extraña, el ruido inexplicable. Pero presta atención, aquí, si seguiste bien este relato, aquí te voy a decir algunas cuantas acciones que debes hacer para encontrar eso que nadie ve, nadie oye, nadie…
¡Plap! ¡!Pas!
– ¡Otra vez con ese pinche libro! Ya te dije que no, ya, estoy harta, no entiendes, ¡no entiendes…!
La mujer arrebató el libro de las manos del niño, intentó arrancar las hojas, no pudo, se acercó a la chimenea, las lágrimas le desfiguraban el rostro en esa penumbra, aventó el libro de pasta dura de piel ocre al fuego, miró, con mucha desesperación, mucha rabia, muchas lágrima, cómo el libro resistía las flamas, el calor ardiente. La mirada del niño, menos triste, en el rostro delineado por el fuego y humedecido en sal de la mujer.

DRN… sombrío

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