Mente desierta en las tardes de lluvia, de mojarse y no acelerar el paso, de ver al vago tirado regodeándose en sus miados y las moscas dándose el festín de indigencia. Mente desierta, mente desierta, me digo varias veces para desatar algún maleficio que no intente arruinarme el instante. De cierta mente me escapo, ciertamente me invado de aire y la Ciudad desierta de bondades me escupe una tromba, se forma una carcajada en mi pecho y la mente, ahora sí, desierta.















