RELATO | TRES SOMBRAS BAJO EL HUMO

Nos vestimos con la ropa que compramos en las plazas, de preferencia en las rebajas, vamos desfasados con la moda, somos los rezagados de la moda, o las sobrinas de la moda. Nos vemos bien extraños, de otro mundo, combinaciones extravagantes, a veces absurdas, gastamos la suela de nuestros zapatos porque creemos que son de uso rudo, hasta cuando nos han puesto las corretizas hemos derrapado la suela del mocasín, del bostoniano, de cacle de una correa; somos bien absurdos, la vida nos sucede muy a lo Tame Impala, pero el de Elephant, así, con esa pretensión, así mero nos recorre la sangre cuando vamos por ahí enloquecidos de luna, de insatisfacción. Ansiosos hasta el ansia, tremendones, histéricos de tanto café, de tanto Wong Kar Wai, alucinados del instante, artificiales hasta el hartazgo, imaginando mundos mientras pensamos en Kusturika, en Varda. 
– ¿Y luego qué pinche Rafiqui, cuéntame una historia que me haga sentir bien?
– Ora, historias, no muy historias…
– Bueno, cuéntanos algo macizo, algo acá…
– ¿Tipo acá del acá…?
– Esas meras… sácala, llévala al cine, cómprale, un ramo de flores
– Pérate mi cumbias no te pongas muy cumbias…
– Es salsa, padrino…
– Nomás de la verde y, ¿cuándo cerramos el Tenampa juntos?
– Ora traidor, ya aviéntate la historia entre tus dedos…
– ¿No te digo, no te digo? Pinche cantor, jaja, ese mi temerario, mi trovador…
– Ya dinos pues, cabrón, ora, jaja…
– ¿Qué pinchi historia será, ora pues… ? 
Nos contó que llovía. Tres días lloviendo en la Ciudad. Me quedé en silencio. No me gustaba interrumpirlos cuando hablaban. De mi morral saqué el estuche de discos, puse el que había quemado esa madrugada, unas cumbias de Perú y unas rebajadas que me había compartido mi detalle del norte. Me levanté sin dejar de escucharlos, con el disco en la mano, me acerqué a la grabadora, abrí la tapa y puse el cd, dejé el volumen en algo leve. 
Rafiqui les contó que no supo cómo sobrevivió, que tal vez ése había sido el momento en que valoró más su vida; mientras se los decía las cumbias de Perico soportaban la platica, esa tarde, también llovía, y ellos debajo de un maltrecho techo. El tal Rafiqui siguió con su plática, les dijo que la vida en ese momento no le parecía, además, muy relevante, que no sabía explicarse qué era para él vivir o estar vivo, algo así, dijo que comenzó a sentirse todo alucinado, les platicó muy calmadito, con la música a volumen que acompañaba cada palabra entonada por el del saco azul, camisa negra y corbata oscura, que les contaba de sus cicatrices en los brazos, en las piernas, en el cerebro. De la bolsa interior de su ajustado saco tomó una cigarrera, ofreció tabacos, tomó uno y lo encendió, entonces el relato fue contado con otra voz, una más discreta, más ronca, más calma. 
– Cámara, en corto, rey, va, jálale, jálale recio, pero machín, que no se sienta… na, me miró y como que dijo nel, este compa trae hambre, trae algo, trae algo, y nel, la neta al final, que me filetea dos veces el brazo nomás para que no me anduviera creyendo muy papasote… no se llora ni nada, namás me queda el rencor pero pues qué le hago a ése, la neta, ya nada mi mano, ya nada, el tiempo, por eso el wachito, para mirar a cada rato el segundo, andar al tiro de la vivencia. 
La cumbia siguió bajito en el callejón, ya de noche se dejaba ver una pequeña y pesada nube de humo, olía a tabaco quemado, agua de cañería y floripondio húmedo. Una patrulla pasó cerca del callejón, los patrulleros echaron un vistazo, encendieron la torreta para espantar y medio mirar a los sombras que estaban debajo del humo, los policías se dieron cuenta que eran los mismos de siempre y sólo hicieron sonar su sirena. Las tres sombras, recargadas en la pared ni siquiera voltearon. Siguieron en la charla. Uno de ellos, del que por el momento no diremos nombre y apodo, sacó de su cartera un porro de tamaño generoso. Lo prendieron cuando se fue la patrulla. Perico cambió el disco. Un guitarra muy atascada comenzó a gritar. La noche deliró tanto, tanto, hasta donde pudo.

DRN… #charlador

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