Si no puedes reír de nuevo del mismo chiste, ¿Por qué llorar una y otra vez por el mismo dolor?
Chaplin.
Mira nada más cómo te dejaron de lastimado, dice la vecina bastante angustiada, esta ciudad se ha vuelto cada vez más violenta, hoy en día los rateros ya no sólo se conforman con robarte, sino que te golpean de a gratis. ¿Será que la vecina tenga razón? Y no sólo ella, sino que muchas otras personas piensan lo mismo, y además si le agregamos las evidencias y vivencias en esta tan imperdonable orbe, podemos cuestionarnos mucho sobre, ¿En qué momento hemos llegado a esto como sociedad? Aunque históricamente bien sabemos que la violencia ha existido desde siempre, resultaría bastante inútil el hecho de que esto no nos sorprenda, pero no sólo que no nos sorprenda, sino que hasta de repente nos vuelva indiferentes a las circunstancias que no podemos cambiar.
Suele ser esta dicotomía entre lo que no se puede cambiar frente a lo que sí, la que se vuelve un punto de reflexión casi necesario después de ser víctimas de un robo, ya que independientemente de los objetos materiales, la trasgresión que se vive se lleva consigo algo más, la seguridad, la tranquilidad, la confianza y hasta una ínfima parte de la intimidad. El sentimiento de vulnerabilidad, que a casi nadie de nosotros nos gusta sentir, se vuelve una constante presente difícil de superar a pesar de los consoladores intentos de asimilar que “pudo haber sido peor”, pudieron haberte quitado algo más, ¿Qué de más valor te pueden quitar si no es la vida misma? Que esa sí, como diría mi Papá, ya no la recuperas.
Es sin duda una de las experiencias que pone en buena práctica el manejo del estoicismo, aquella práctica filosófica que nace con el griego Zenón de Citio, y que continuaría con ejemplar particularidad Séneca, el romano, y que consideraban llevar al escrutinio firme de la razón a la vida misma, analizar las experiencias más comunes y corrientes con la mirada objetiva del razonamiento. Es quizá esta intención la que se vuelve un tanto compleja al intentar clarificar de que manera se puede tener un análisis objetivo frente a lo subjetivo, o dicho de otra manera: entre lo que de afuera afecta lo de adentro, lo que material y físicamente se inmiscuye en lo que sentimos y cómo lo sentimos. Aunque normalmente solemos creer que la razón puede llevarnos a superar ciertas pérdidas, la cosa no es tan fácil, y es aquí en donde nuestros amigos estoicos se daban a la tarea de distinguir a la vez que vincular el mundo humano con el mundo natural, teniendo a este último como aquello que está a nuestro alrededor, mientras que el primero es considerado como la forma en que se piensa lo que nos pasa, con ello nos van aleccionando que no es que con la razón se tenga el control de nuestro alrededor, pero sí el de cómo se asimila ese pensarlo.
Probablemente sea por ello que luego se suele confundir el estoicismo con la anulación de las emociones, algo un tanto lejano a lo que en realidad pretendían aleccionarnos nuestros queridos filósofos estoicos, pues bajo las enseñanzas que nos dejaron, no es que se trate de no sentir, sino más bien de saber cómo sentir, y esa es la verdadera complejidad del asunto, que para saber sentir se requiere un arduo trabajo reflexivo sobre sí mismo, el mundo humano, frente a nuestro alrededor o el mundo natural. ¿Qué tanto nos afectan las circunstancias en el ánimo? Más allá de que no nos afecten, que humanamente sería algo un tanto imposible, se busca conciliar ese mismo ánimo con las circunstancias que por contingencia se nos presentan, como lo decía el buen Epicteto; No es cuestión de preocuparse por las cosas que no se pueden controlar, sino en enfocarse en las que sí se pueden. trasladándolo al caso de nuestra experiencia aquí expuesta se podría decir que no podemos tener el control sobre ser asaltados o no, pero al menos si podemos tener la capacidad de no perder de vista lo realmente importante que es el bienestar físico y sobre todo la vida, frente a las adversidades del mundo no se puede tener una solución de lo que queremos que pase y lo que realmente nos pasa, pero al menos se puede trabajar en cómo asimilar aquello que nos pasa, de tal manera que si asumimos que hay cosas más valiosas que la cartera o el teléfono móvil, como la vida misma, la jerarquía nos guía de alguna manera hacia el hecho de asumir cómo sobrellevar dichas adversidades, o como decía el buen Zenón; no hay viento favorable para el que no sabe a dónde va. Quizá no se esté preparado para lo que venga, pero tal vez sí para asumir lo que pueda o no venir.
Luis Melchor (El Tres)
mayo del 2025
#LaNaveVa

