Acababa de llegar a Buenos Aires. Me instalé en Flores, ese barrio donde Roberto Arlt quemó su infancia, Alfonsina Storni y Libertad Lamarque alguna vez dejaron huella, y donde César Aira decidió quedarse y escribir novelas que lo incorporaron a su paisaje. Alquilé un monoambiente a unos pasos de la casa del que, en ese entonces, todavía era el sumo pontífice. Su rostro era omnipresente en las calles del barrio, igual que las camisetas del San Lorenzo. Si uno camina por zonas turísticas o entra a una tienda de deportes o souvenirs, parecería que la Liga argentina se reduce a una eterna disputa entre River y Boca, pero esa es una conclusión aburrida. Basta con explorar la cartografía barrial del fútbol porteño para descubrir que el verdadero fútbol —el que se vive, se hereda y se grita con el alma— no necesita copas ni figuras: necesita pertenencia, identidad y arraigo.
Entre la casa donde nació el recientemente extinto Cuervo Mayor —Jorge Mario Bergoglio para las actas civiles, papa Francisco para la historia— y el Nuevo Gasómetro, estadio de San Lorenzo de Almagro, hay apenas tres kilómetros en línea recta. Un par de días atrás, las televisoras habían comenzado a merodear el barrio, ansiosas por cubrir el luto. Miles de fieles se acercaron a su antigua morada; a la primera y la segunda pequeña iglesia donde debutó como cura, y a la modesta catedral de Flores, de donde salió con mitra y báculo.
Era sábado 26 de abril. A las 14:00, el sol brillaba sobre un otoño que coqueteaba con el verano. Hacían 24 inmejorables grados. El partido comenzaba a las 17:00 y tres kilómetros caminando no parecían nada, así que decidí hacer el camino a pie. Después de todo, con rostros del Papa por todos lados, ¿qué podría salir mal? Me habían advertido que la zona podía ponerse “picante”, así que tomé precauciones mínimas: una lata de Quilmes bien fría y la voluntad de no parecer turista.
Enfilé por calle Bonorino, una ruta conocida. Una semana antes había deambulado por un mercado boliviano donde, para mi sorpresa, encontré nopales de tamaño mutante que hay que despellejar para hacerlos comestibles. Conforme avanzaba, el paisaje comenzó a cambiar. Rivadavia I ya no se parecía en nada a la zona residencial de clase media en Flores. Las casas se volvieron construcciones inconclusas, la basura se apilaba en las esquinas y la gente me miraba con curiosidad… o al menos quiero pensar que era curiosidad. Cuando me di cuenta, ya estaba a medio trayecto, pero no había hinchas. Nada, solo silencio y un aroma a basura quemada y desperdicios. Decidir regresar sobre mis pasos y llamar a un Uber era una mala idea, pues ningún conductor en su sano juicio atendería al llamado. Me encontraba en pleno corazón de la famosa villa de emergencia conocida como la 1-11-14, la más grande de Buenos Aires y una de las más peligrosas.
Un kiosco con colores amables se convirtió en una trinchera. Me refugié unos instantes, pedí la cerveza más barata y grande que encontré. Al salir, miré en ambas direcciones. El silencio seguía allí y también el hostil paisaje que me mostraba la peor cara de la marginalidad porteña. Aceleré el paso, lo justo para que no se notara el apuro. Seguramente los vecinos pensaron que andaba por ahí buscando falopa: «paco», como se le dice acá a la pasta de coca, y que ya conocía el camino.
Y entonces, en uno de esos giros mentales que uno no controla, recordé la historia de San Lorenzo. No el club. El mártir. La había leído en una estampita que me dio un amigo durante una visita a la parroquia del mismo nombre en el Centro de la Ciudad de México, fundada en 1598. No fuimos a confesarnos. Acompañábamos a otro amigo, cineasta argentino, que quería grabar unas tomas del relieve surrealista de Mathias Goeritz, “La Mano Divina”; pieza que rompe abruptamente con aire clásico del templo y lo convierte en un choque de estilos que solo se entiende si uno está medio borracho. Que era nuestro caso. Pero esa es otra crónica.
La estampita —que aún conservo como recuerdo de aquella cogorza que terminó en una cantina llamada La Pelusa— decía que San Lorenzo fue martirizado por entregar el dinero de la Iglesia a los pobres y a los locos. Murió asado en una parrilla y, por eso, es Patrón de los pobres y los necesitados. Y por una broma macabra también lo es de los parrilleros. Mientras hilaba en mi cabeza la vocación de Lorenzo de Roma con la cruzada social del papa Francisco en favor de los pobres, emergió el final de la villa. Sobre la Avenida Perito Moreno la facción de la barra brava conocida como «La Butteler» me dio la bienvenida con bombos, cumbia villera, cerveza y trapos. Tuve que rodear toda la sede del club para poder ingresar. El lugar es enorme. Descubrí que allí se entrenan varias disciplinas deportivas, hay talleres y eventos culturales; una vida paralela al fútbol que late aunque no se le preste mucha atención. Antes de cruzar los torniquetes me bajé la cerveza de un trago y me compré una camiseta del Ciclón. Mientras la pagaba, me vino a la cabeza una certeza simple pero absoluta: uno no elige a sus equipos. Son ellos los que te eligen.
Antes del pitazo inicial, el estadio se vistió de gala para despedir al hincha más famoso en la historia del club. Banderas del Vaticano, mantas con un último adiós. Hasta las camisetas de los jugadores tenían su rostro estampado. Pero apenas rodó la pelota, la paz divina se evaporó y la tierra volvió a ser tierra: dura, trabada y llena de faltas: 10 cartones amarillos aparecieron esa tarde.
Los de Rosario Central —conocidos bajo el infame mote de «Los canallas» por una antigua historia que cuenta que hace décadas se negaron a jugar un partido amistoso con Newell’s Old Boys para recaudar fondos para un sanatorio de lepra— llegaban en segundo lugar del grupo. San Lorenzo estaba en tercero. Había mucho en juego, pero ni el homenaje celestial pudo mejorar un partido en el que hubo de todo, menos fútbol. Un viejo conocido de la Liga MX, Ignacio Malcorra, aquel voluntarioso 10 que pasó por Pumas y Atlas, era el encargado de orquestar el juego para Rosario. Sorprendentemente para mí, que lo hacía en el retiro, el tipo no lo hizo nada mal. El partido fue parejo pero las emociones no llegaban. Mucha intención, pero poca puntería.
Cuando todo apuntaba a un empate a ceros, Lautaro Giaccone sacó un centro quirúrgico. Enzo Copetti, solo en el área chica, definió con frialdad. El Nuevo Gasómetro quedó mudo hasta que una sección de la barra lanzó un petardo a la cancha, cerca de los jugadores que festejaban a escasos metros. El estruendo sorprendiendo a todos y el partido, sobre el 90, se pausó por unos minutos. La derrota caló hondo. San Lorenzo se hundía un poco más y la hinchada, que ya venía con la paciencia al límite, estalló. Un coro generalizado puteaba a Marcelo Moretti, el presidente; experto en escándalos y desapariciones misteriosas de fondos. El homenajeado, desde donde estuviera, seguro no estaba contento.
Salí del estadio como se sale de un velorio al que uno fue sin conocer al difunto. Ya en la calle, compré un choripán y una cerveza, como había previsto. Había algo reconfortante en cumplir el plan original aunque el resultado fuera un desastre. Me senté en la banqueta, le pegué el primer mordisco al chori y me di cuenta de que, en Buenos Aires, la derrota también tiene su ritual: comer, beber y putear. Volví en colectivo luego de una larga espera en la fila. Miré por la ventanilla y apareció un mural dedicado al papa Francisco con su famosa frase en letras gigantes: «Y que gane San Lorenzo».
Unas semanas más tarde, luego de un juego de play offs del San Lorenzo, me crucé con un tipo en Parque Chacabuco. Se llamaba Octavio y tenía cara de haber estado en esas peleas multitudinarias donde nadie gana. Charlamos de fútbol, como se hace en Buenos Aires: sin pedir permiso. Me confesó que era quemero, ex barra de Huracán. Dijo que había dejado las rivalidades atrás, la violencia también —menos mal— Vos sos cuervo, también tengo amigos de Riestra, acá en Bajo Flores. Jugamos contra ellos mañana, venite conmigo a la cancha del Globito. Yo te saco la entrada —concluyó como si me estuviera iniciando en una secta menor del fútbol porteño. Pero esa visita la contaré en otro momento.
Por Luis Backer… #luiyi

