RELATO | PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

Saca los billetes de su bolsa. De píe en la fila del tres b. Un billete de doscientos. Tres billetes de cincuenta, de los nuevos. Dos billetes de veinte. Espera a que les llamen para pagar, en este mundo mentiroso, este mundo que habitamos en donde debemos consumir para ser felices, para sentirnos bien, para hacernos tiempo, para hacernos objetos, insumo, consumo, engaño, falsedad, para sentir que existimos en esas cosas empaquetadas, para ser dueños de algo que consumiremos en menos de dos minutos y ya estaremos añorando otra cosa, y otra, y otra, y otra, a diario, en la tarde, en la noche, en la mañana y hasta en la madrugada. En sueños, creo que también en sueños estamos obligados a consumir, a comprar, a comprarnos y vendernos. Detrás del señor de los billetes se forma más gente con muchos productos en sus carritos, en las manos, en las bolsas de tela, por un momento se siente triste, pero luego despierta de su mentira, no se dejará caer en ese embauco, no hoy, ya no, ya tuvo suficiente con andar deseando la vida de las demás personas nadas más de estar revisando sus redes sociales. No se lo va a permitir, no con su hijo menor ahí, feliz con su juguetes manufacturados en China; no ahí, con su esposa sonriéndole y sosteniendo el jugo de manzana en tetrapack, las galletas de coco y la leche deslactosada. Mira el flaco fajo de billetes, toma uno de cincuenta y se lo da a la mujer. Los tres esperan. Las demás personas también aguardan, la noche apenas va llegando en microbús a su destino. Llaman a la caja al hombre de los billetes, ¿Encontró todo lo que buscaba? Contestó en su mente, y se dijo que no, no, no sabía ni lo que buscaba, y si buscaba algo no quería encontrarlo ahí, entre paquetes, celofán ruidoso, carne congelada, alimentos imitación de algo, productos con sustitutos que intenta ser algo natural. ¿Y qué quería, qué buscaba? No sé, la verdad no sé, yo sólo lo miré, ahí, con ese gesto que me arruga el estómago, que me hace odiar este mundo nefasto en el que vivimos en donde parece que la alegría tiene aroma de papel moneda, mundo jodido, mundo consumista, mundo atorado y banal. Y no, no sé qué buscaba el hombre, pasaron sus artículos por el lector, pagó con el de doscientos, le regresaron treinta pesos de cambio, tomaron sus cosas, las guardaron en su bolsa de tela, salieron a la calle, arrastrando los píes, percibiendo la vida en el claxón ruidoso de un conductor que anhelaba llegar a casa y tirarse en su cama, porque no nos alcanza el tiempo, porque estamos perdiendo la batalla del concreto, estamos cayendo en la mentira y lo único que deseamos es llegar a nuestras paredes, que nada tienen de nuestras, y alejarnos de nosotros mismos, alejarnos del ruido de la vida, de la existencia que nos exige, nos masacra y nos hace papilla si no encajamos en ese molde. Pago lo que carajos vine a comprar. Me miro en el reflejo de los vidrios y soy un objetos más en las vitrinas, estoy en venta y no sé cuánto cuesto, no sé mi valor en esta falacia, en esta mentira de mundo. Salgo del lugar, tratando de sacar cuentas de lo que cuesta respirar, una pesadilla, un buen trago de agua fría de la llave, o un golpe accidental con el árbol que está por caerse. Me río de mis mentiras y falsedades. Salgo de ese complejo de concreto y pienso en mi precio.

DRN… formado.

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