CRUCES
De nuevo, otra vez. Un sitio ajeno y los mismos sucesos. La pasión. El dolor, el morbo de aquello que ya se sabe. La carretera en su mansa esperanza, aires santos, la música en las bocinas del auto, la sensación de extravío en los latidos al llegar a los bordes de Texcoco y seguir hasta encontrar los campos repletos de magueyes. Escuchamos la respiración de Mayahuel y el viento toma otras densidades, huele a campo y a calma, traviesa calma. Nanacamilpa está en Tlaxcala, a 2720 metros sobre el nivel del mar, es Semana Santa, en Nanacamilpa de Mariano Arista se vivirá la representación del Viacrusis. Judas traiciona otra vez, otra vez se arrepiente, otra vez ese hombre con su corona de espinas la pasa mal durante tres días, y lo vemos, no decimos nada, porque no debemos, no podemos, el acto sólo sucede, no se altera, se vive, se vive a fondo, a piel ardiente.
El agua de las verdes matas anima las pláticas. Son muchos los episodios que se reviven. Las personas se preparan para ser aquellos que vivieron algún momento. Se retoman los pasajes católicos más representativos. Las y los habitantes de Nanacamilpa adornan, ensayan en la parroquia, en el auditorio, las calles del lugar, para presenciar los dolores, odios y rencores de una historia que se perpetúa año con año en distintos lugares del mundo.
JUEVES EN LA NOCHE
Esquivando sombras y perros que estaban a punto de tomar forma humana, llegamos al auditorio, atravesamos nuestro pasadizo favorito del Palacio Municipal, las escaleras y el mural que cuenta un poco de los emblemas de Nanacamilpa, ahí también descasaban las pesadas cruces que serían cargadas por los acusados. Entramos al auditorio, la gente ya esperaba, los perros daban sus rondines de hambre, las y los disfrazados detrás del escenario, en silencio, repasando el texto y aliviando el nervio. Todavía falta, yo creo que termina como a las diez de la noche, once, más o menos, porque aquí lo traicionan, es la Última Cena, y después es la aprehensión, allá en la escalinata, ya después lo regresan acá y lo encarcelan, lo avientan ahí. Nosotros vamos atrás, en procesión. La señora sostiene un pequeño pan y una cruz de palma en su mano derecha, en la izquierda su suéter azul. Esperamos y sucede. En el escenario personas caminan cubiertas por túnicas, dos hombres se encuentran, platican, hay un ofrecimiento, el micrófono hace INTERFERENCIA, ¡CHILLIDOS EN LA BOCINA!, RUIDO INSOPORTABLE, Judas percibe el llamado del mal, siente el agudo sonido en su cerebro y, aturdido, acepta. En otro sitio, los hombres conversan, uno les lava los píes a otros y les da una lección. Otros hombres discuten sentados, gritan, cuestionan la existencia de aquel que se proclama rey y promueve la paz, el amor, lleva el pelo largo, barba, alpargata, se aleja de lo material, QUE MUERA, QUÉ LO TRAIGAN, ¡QUE LO APRENDAN! Unas monedas son aventadas al suelo, muchas risas, carcajadas burlonas, Judas recoge, una a una, las monedas y las guarda muy dentro de su culpa, de su ambición.
La caminata es lenta en el mundo de los mortales, de los equívocos, los traidores y los disque salvos. Niñas, niños, observan desde sus casas, bajan el volumen de la radio para escuchar los tambores que avisan el paso del destino. Las patrullas cierran las calles, los perros se acercan curiosos, sabedores de la tensión del momento, también los animales quieren ver la aprehensión del hablador. Llegamos a un cruce oscuro de calles y se observan las escalinatas, una mesa, y Jesús con sus seguidores, los habitantes de la tierra que es campo sobre los hongos esperan en las banquetas, en sus casas con las puertas abiertas, en las azoteas. El susurro de lo inevitable hipnotiza, obliga al silencio, los tambores se acercan. El hombre de barba, cabello largo, observa, reconoce su momento, solo, con su rezo, con su fe, no niega y se entrega a lo desconocido, se entrega al sufrimiento, se entrega al final de su historia, a su repetido final.
VIERNES POR LA TARDE. MUCHO CALOR.
Al despertar, Jesús escuchaba Stonefist de Health en su cerebro. Le llevaron al rayo de sol, coronado de espinas, sin beber agua, sin probar bocado, herido. El hombre sufriendo, cargando su cruz, su llanto, sus penas, caminando en las calientes pendientes que ya eran flanqueadas por las y los habitantes expectantes, preparados con sombrillas, banquitos de plástico, gafas oscuras. El drama frente a nosotros, la violencia, la explicación a las infancias, la representación en su punto más álgido, el sol lo sabía y tendría más ganas de masacrar las pieles con su encanto ardiente. Paso a paso, los hombres castigados llegaron a sus cruces, un llano en donde ya les esperaba la gente, los carritos con fruta, los chicharrones preparados, las bebidas frías de betabel, los raspados, las congeladas, los pescaditos fritos, ¡ay qué rico!, y los hombres, chorreando sudor rojo, con la pesada cruz, el esfuerzo, el compromiso, la transformación, el sufrimiento real, el ardor de píes, el calambre en el alma, se entume la alegría, se sufre, se llora, se ruega, frente a la muerte, amarrados a la cruz, con el sol interpelando sus heridas, reclamando todas sus llagas. Muriendo los hombres. De nuevo otra vez. En la mente de uno de los ladrones, Gestas, creo, Gestas, necia y absurda sonaba Bad Habits de Last Shadow Puppets.
Fotos. DRN, MR


























































































