Camina sin saber que lo hace, es curioso, parece que se quiere caer, pero luego no, se detiene y sigue su paso, camina, camina, se detiene, tropieza con una cosa invisible, camina. Lleva una botella de electrolito pero no es electrolito lo que contiene, en otra mano tiene una monita, se detiene, abre la botella de electrolito, le da las tres al solvente y moja la mona un poco más, húmeda la estopa, el broder se la lleva a la nariz e inhala profundo, hasta las estrellas más lejanas que necias se han quedado a mirar el espectáculo de las once de la mañana en la gran Ciudad. El broder se queda pegado a la monki un rato, en medio de la calle, a su alrededor autos desvalijados, vochos que algún día fueron taxis, plantas, caca de perro, banquetas mal terminadas, concreto, gris, colores en algunas casas, y el broder pegado a la monalisa.
Se desconecta de su amorío con la estopa, da unos pasos más, se detiene frente a una camioneta azul con una gran capa de polvo de los tiempos antiguos, el broder firma con su puño sobre la ventana de la camioneta voyager polvorosa, destartalada, con tabiques en vez de llantas: Kalo, se lee en caligrafía agresiva, salvaje. Camina, o intenta caminar, se le cae el electrolito, que ya dijimos no es electrolito, y este vato descocado, en su maldita primavera de una tarde en la Ciudad, el calor le invade el nervio antes de agacharse, o intentar agacharse para recoger la botella de plástico. De píe, o algo parecido, intenta caminar, antes, le da las mega tres a la mona. Es un vato tumbado, chalequito inflado, gorra de visera plana, panto a media nalga. Camina cuando la humanidad está en su desastre de domingo, cuando el instante se construye de la manera más equívoca, el vato, el vato tumbado, el monkiman, camina hasta encontrarse con algo, un ser invisible, se detiene, guarda la mona en la bolsa del chaleco, se acomoda la gorra, invencible, se sacude el panto, solo un poco, y camina hacia ese algo, esa aparición.
DRN… fijado

