RELATO | NO HAY NADA

Un pedazo de nave espacial cayó cerca de la casa.


Estruendo en la madrugada, el suelo tembló. Robles ladró fuerte. Yo había dejado la radio prendida y a esa hora de la madrugada sonaba entre interferencias de la amplitud modulada la voz de la Guzmán y su Mala hierba. Me levanté porque mis pesadillas me habían arruinado el sueño. Robles seguían ladrando, le serví un poco de croquetas en su tazón y se tranquilizó. Yo estaba algo confundido, no sabía qué me había despertado, el ruido en el campo, el poco a poco conseguí fijar tu atención en mí, o el ladrido del can que me miraba con ganas de jugar. Lo ignoré a las cuatro de la madrugada y sabía que algún día me lo recriminaría con una miada en el pasillo. La situación entre el animal y yo se puso más dramática cuando comenzó Rosas rojas, en ese combo Guzmaniano que la estación de radio nos estaba regalando. Me acerqué a la cocina, el perro echado a un lado del sofá , intuyendo algo, recalenté el agua que había dejado en la tarde en el pocillo metálico, tomé un poco de canela, manzanilla, limón de sus frascos, arrojé el puño herbal en el agua hasta el primer hervor. Y hoy estoy en carne viva. Tomé el frasco de miel, una cuchara pequeña de metal, dos dosis de miel en la taza roja. El agua caliente, apago el fuego, sirvo el agua en la taza, muevo con la cuchara y espero al tiempo en sus más insospechadas maneras de ser viento.
Robles ladra. Más cambiante que la luna, en la geometría de tu piel, extravié la cordura, me perdí. Escucho pasos entre las hierbas. Me acerco al mueble de madera. Le bajo al volumen de la radio. Se acelera mi respiración y mi sangre juguetea con mis emociones. Abro los párpados hasta el dolor. El perro ladra. Me acerco a la puerta, aún con las pesadillas en la testa, la casa huele a canela, manzanilla, abro la puerta y salgo al jardín, en la oscuridad y el aroma de pirul, llovizna y tierra. Detrás del ciruelo, alguien, veo a alguien. Tardaría mucho en ir por el arma. Robles no se calla. Pero el ser ya me vio. Corro. No.
– ¡¿Quién anda ahí?!
– Yo… (débil, muy débil la voz, casi susurro)
– ¿Quién chingados eres, yo?
– Yo… (la voz se aclaraba, pero porque el ser avanzaba haciendo crujir las hojas secas)
– Yo, lárgate de una vez, voy a soltar al perro, lárgate, estoy armado… no te acerques pinche, yo…
– No me hagas… estoy mal, estoy mal…
– ¡Claro que estás mal cabrón son las cuatro de la mañana y estás en mi propiedad! ¡Lárgate, ahora!
– No, no, calma, ayuda…
–… (el ser dejó de moverse, si prestaba atención se escuchaba su respiración averiada, muy maltratada, casi doliente. Me acerqué, pasitos pequeños, sin dejar de verlo, ya se estaba sentando; yo no sé de dónde sacaba el valor para estar ahí. Me acerqué, a unos metros de él grité) ¡Qué quieres!
– El choque (apenas respiraba, apenas podía hablar)… el choque, la misión… el choque…
– ¿Qué?… ¿Qué?… el choque, el choque… (en la oscuridad, su rostro permanecía oscuro, la sangre y los rasguños lo hacían aún más tétrico)… El choque, el ruido, ¿el ruido de hace rato?… ¿Chocaste, explotó algo en tu casa?… ¿Quién eres, cómo te llamas?…
– El choque… la nave, la misión…
– ¿La nave?… ¿la misión?… ¿Estás drogado?… Yo creo que estás drogado, ¿te perdiste y vienes del rave?… ¿qué cosas dices, qué cosas?
– (Aún en el suelo, con las respiraciones más complicada, mientras el sol intentaba dar sus primeras luces, me contó) Soy, soy, tripulante de la nave espacial, del proyecto X, a Marte, despegamos, logramos la mesosfera, la ionosfera, pero, todo fue, complicado (tosía con gran dolor)… ahí, perdón, ahí… sentimos logrado (apenas podía hablar, si es que eso que hacía era hablar)… no, no, no hay nada, no hay nada, ¡calor, mucho calor! (el hombre comenzó a gritar, fuerte, recio de dolor, sus ojos comenzaron a brillar, también la palma de sus manos, sus labios, se levantó con destreza, de píe, frente a mí, en silencio, comenzó a brillar, todo, todo el cuerpo, las manos, el cabello, un brillo intenso, fluorescente, antes de deshacerse en luz, de desaparecer en un estallido momentáneo y dejar a la oscuridad tal y como estaba, intento decir algo)… no, nada…

Casi eran las seis de la mañana. Lo sospeché por el canto de las aves y los colores en el cielo. Robles, dormía, no se había enterado del encuentro. Caminé, salí del jardín y me interné en la maleza, por donde sospechaba había llegado el ser. Caminé, sin querer creer mucho lo visto, lo escuchado. Varios pájaros comenzaron a volar, el cielo morado, encontré arbustos y pasto quemado, aún caliente el ambiente, grandes placas de metal, tornillos derretidos, circuitos quemados. Regresé a casa. Acaricié a Robles. Intenté contarle. El té estaba frío. Subí el volumen de la radio, en interferencia sonaba una melodía inusual. Bebí el té.

DRN… la diferencia


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