El emparedado de pan integral con lechuga, queso, jitomate y jamón. El café soluble con leche en vaso de unicel con tapa y popotito para beberlo más rápido. Las mordidas apresuradas. El equilibrio entrenado. El peinado aún húmedo. El metro avanzando torpemente. Daniela piensa en su padre. Se acuerda de su voz. Se acuerda de cuando era niña y fueron a las cascadas. Sorbe café, una mordida al sándwich. Ella piensa, muy seria, sin gesto aparente. El metro rechina en la curva de Periférico. Dos mujeres de uniforme azul y bolsas de mano de vinipiel, charlan de las últimas noticias de la tele. Daniela mira detrás del vidrio de la ventana, las nubes se alejan, se acercan los edificios, muerde la comida. Algunas personas se levantan y se acercan a las puertas cuando el tren llega a la siguiente estación. Ella, Daniela, cansada, se sienta en un lugar de la orilla. Cierra los ojos y, más allá de la música jazz sonando en las bocinas del vagón, escucha el caer constante y pesado del agua sobre las rocas lisas. Alarma del cierre de puertas. El metro arranca. Las mujeres del uniforme ríen en tonos discretos cuando el transporte se hunde en la tierra.
DRN

