Con sentido homenaje a los monosabios que cumplen 91 años de dar vueltas al ruedo que más cuidan en México llegó el lunes de las casi ocho décadas de La México con Xajays bien presentados y reseñados con nombres, hipocorísticos y apodos de los ayudantes humildes de la tauromaquia moderna.
El negro fue un caribello que poco dio a un Joselito Adame ya añoso, con mucho ruido en el callejón de parte de su “asesor artístico”, Zotoluco, y con un pique no confeso con el peruano Andrés Roca Rey, a quien busca cara desde hace varias temporadas. Lucidez y mucha fuerza la que imprimieron los García, Héctor y Fernando, padre e hijo, en el tercio rehiletero de plata.
Peor le fue al de Aguascalientes con su segunda suerte, cuarto de la tarde lunática, Don Simón, que le enseñó al muletista vestido de una oscuridad desacertada que los tendidos rechiflan fuerte y claro. Incómoda tarde para el de uva y azabache.
Gamucita, en cambio, listón astifino, cárdeno bragado, paliaperto de por nada la media tonelada, lo hizo todo bien, y hace tanto tiempo que no había nada así cuando de astados se pensaba en el coso de Insurgentes. Bien en la lanza, Molina aguantó toda tempestad; mejor en las maderas paralelas, volvieron a salir al terreno los banderilleros Chacón y Sánchez.
Con pasos, sin ellos; de hinojos estatuarios al quite, muy firme en circulares invertidos; por derechas, por chicuelinas, por cambiados, todo le salió a un Roca Rey más contundente que nunca, con todo para ganarse el ole gustoso del monolito de las calles de la Nochebuena.
Ahí quedaban las dos primeras peludas de una camada desigualota de comportamiento del arquitecto Sordo Madaleno, pero se armaba la energía andina en el numerado y generalísimo arriba. Todos al amparo del milagro que se vaticinó entre los conocedores: más orejas y rabo que prestó Jefe Arana, quinto bueno de la consagración del limeño en el país de sus arenazos a los que puso fin desde hoy.
Bragadazo en cárdeno sutil, astifino acucharado, el más pesado de la tarde con 514 kilogramos, el segundo capítulo para el Andrés pudiente que avisó desde puerta gayola que quería arrebatar todo triunfo entre los sedas y recamados en oro.
Hubieran bastado los de pecho estatuarios y todos los cambiamos de espalda para aclamarlo, sin embargo, el peruano tuvo que accionar el mecanismo total en que el boletaje requirió el rotundo glorificado del otro par de apéndices y un rabo que no se había cortado en 9 años, desde que en rejones danzó Pablo Hermoso de Mendoza con Tejocote, de Los Encinos.
Cálida, brava y llena de ardidez emocionante la misma tarde para Roca Rey, tabaco y hojas doradas, que hizo eco de un subrayado prestigio de recoger casi todos los apéndices de su lote, hazaña que sí, hace más de dos décadas y media que no se cronicaba, con Eloy Cavazos y su Luz de Luna del fierro de Fernando de la Mora, en el 98.
Gilio quiso, ansioso, algo que no consiguió desentendiéndose con su primero, Don Porfirio, ni con su segundo y sexto de la tarde, Chilo, mejor estampa en cårdeno claro, aunque mansurrón insoportable, pudo nada contra el gran resplandor inca de la noche inesperada.
De cierraplaza permítansemen dos pases honrados: Al despedirse, en el epílogo del lunes 3 de febrero, de La México, abrazado de abucheos y cojines a Adame se le cayó el añadido de su cabeza, símbolo máximo de un exilio del terreno taurino, que, aunque accidentalmente, deja mucho comentario incendiario suelto en la arenilla que tanto ha porfiado. El otro pase de muleta es el comportamiento del ganadero, quien sale, caradura, en la misma puerta grande que el espada peruano sin merecerlo del todo, pues como administrador actual de la debacle y dueño de seis toros en una tarde que asombró por dos, se fue celebrando lo que hizo una leyenda, Roca, con dos apenas bien, colgándose del milagrito.
Por Praxedis Razo
