Monosabio contra la tarde llovida|Foto de @lamexicomonumental
Y para la fiesta de la Candelaria, cumpleaños 73 hubiera sido del panadero y brujo de Apizaco, el nuberío que se hizo bolas en el cielo. La Plaza México relampagueaba con la Ciudad humedecida. Llovía y todos, en guerra mínima, adivinando qué podía pasar.
Propios y extraños, enchubascados, dudaban, arremolinados en los túneles creyendo que soltarían a los astados de La Estancia, sorteados y entorilados, finalmente las novilladas se lidian en peores anublasones conduciendo a su merced tan buenos toros.
Se armó el lodazal, unos matadores se engabardinaron, tapados los ochenta minutos de la hora, otros hasta de escobas se armaron, monosabiando a lo grande en el ruedo. Los tendidos en fraternidad humilde, empapados igual. La banda taurina, como si de la última cena del Titanic se tratara, ilusionaba con los pasos dobles. Los trabajos de Hércules no bastaron.
Cayó, con segundo monzón, el aviso fatal. Se aplazaba la cita dominguista de dos espadas y el de a montura para el martes 4 de febrero por la noche, la tierra no se secó nunca. La mar de quejas por devoluciones de entradas malhadadas ensombrecieron una tarde fría que llevaba en el nombre de dos reseñados para los de a pie, Granizo y Aguanieve, la penitente suerte bravía de costumbre que no es para llorar, que no es decente, ni para tanto.
Por Praxedis Razo
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