Mira a esa mujer y su esbeltez, mira su entallado traje sastre, la mujer mira al señor que duerme y duerme y duerme, escucha sus ronquidos, el ruco respira recio y sueña, sueña tanto, tan bonito que su cuerpo no soporta tal emoción, un impulso eléctrico le despierta, alarmado, el don abre los párpados, mueve lento su cabeza, pasa saliva y mira a la joven que escucha música en sus audífonos, observa cómo mueve sus labios siguiendo la letra de la canción. El joven que mira a la mujer mirando al señor dormilón, se acaba de dar cuenta que quien sueña es él. Entonces sabe que puede hacer lo que quiera, se da cuenta que ahí, en esa extraña manera de existir, puede y quiere dejarse libre. Se desliza entre el destiempo, se escabulle para no volver, para no regresar a esa forma tan primitiva de existir, se desvanece e intenta llegar hasta las nubes, a sus pasados. Lo logra pero comienza a perder el control, no le encuentra sentido a los pasajes por donde deja su efímera existencia. Una música bien #maciza le truena en algún lugar de su ser, de su noser. Comienza a sentirse liviano, se acerca a la satisfacción más inaudita, la tranquilidad comienza a devorar su éxtasis, su evanescente fluir. La vida, la no vida, le queda lejana, muy lejana, las personas, las cosas, la impaciencia se le va agotando, el estrés, la mugre de la vida se le va resbalando. En contra de todos sus principios, en ese ambiente colorido y amable, a veces peligroso y peculiar, decide echarse a dormir, decide no existir en otro sueño y se va bailando liviano entre nubes de tonos cambiantes.
En un mar de no sé que país, un cuerpo flotaba tranquilo, una sonrisa se mantenía insaciable en ese rostro que muy pronto iba a ser carcomido por la sal.
DRN… #enelsueñomarino

