FILOSOFÍAS ESQUINERAS | DOS DE CHICHARRÓN, UNO DE PAPA Y TRÉS DE ÉTICA

“Primum vivere, deinde filosofare”.

Muy a menudo se dice que “México es sinónimo de corrupción”, y esto se ha vuelto tan cotidiano que ya no nos parece ni extraño ni sorprendente, y aguas ahí, como diría mi querida Mercedes Sosa “cuando las cosas nos vuelven indiferentes” ¡Ay!, qué fuerte pensar en que aquellos que auguraban la famosa “normalización” tendrían razón ¿Acaso será cierto que se nos ha vuelto tan cotidiano actuar conforme a la corrupción y no conforme a la ética? ¿Será cierto que se nos ha vuelto una casi segunda naturaleza? Ello me hace recordar la ocasión que inevitablemente tuve que escuchar la plática de dos amigos mientras esperábamos turno en una sucursal bancaria, uno de ellos le decía al otro; Pues sí ca, ya no llegué a tiempo por ese pinche policía que a fuerza quería mordida, ¿Pero por qué no se la diste? -le pregunta su amigo- ¿Qué madres le voy a estar dando? ¡que se chingue! prefiero pagar mi multa a darles un peso a esos perros, no pues qué pendejo estas– le responde el amigo, con cierto tono de decepción. Eso mismo me dijo mi jefe y mi esposa; “Si ya sabes cómo se mueven las cosas aquí, ¿Para qué te haces pendejo?”. Pero no estoy de acuerdo, honestamente yo sí prefiero hacer las cosas bien, aunque me digan pendejo, y bueno, pues haya tenido que llegar tarde.

Cuando se vive en la Ciudad de México uno se va dando cuenta poco a poco que como ésta, hay otras tantas anécdotas de muchas personas que, aunque padezcan los mismos infortunios siguen fieles en sus principios éticos, aunque muy de repente terminen siendo “los pendejos” de la historia. Y es que, tal parece que aquellos que “normalizan” ciertos padeceres sociales como la corrupción, son los que más chingones se sienten, y es que normalmente así lo hacen saber o así quieren darlo a entender, resultan “más chingones” por no haber pagado multa y haber dado mordida, o por pasarse el semáforo sin que los hayan visto los policías, por circular por donde no deben y muchos otros tantos etcéteras. Seguramente en algún momento nos hemos topado con uno, o varios de los que piensan así, simple y sencillamente “yo soy un chingón, y todos los demás están bien pendejos”.

Tal ego puede llevarnos a dar cuenta un poco de la disociación social que tienen al momento de afirmar que ellos son los más “inteligentes, vivos, o abusados”, al momento de tener cierta “ventaja” de ellos sobre los otros. Será quizá entonces que la corrupción no parece otra cosa más que el alimento del ego, o no, más bien sería al revés, es el ego el que alimenta a la corrupción, sí, eso tiene un poco más de sentido, si no se pensará sólo en las propias ventajas que puede obtener uno mismo sin importar los demás y si se pensara en la afectación que provoca a la sociedad, entonces esto cosa sería diferente.

Es pues el ego el alimento para sí mismo, ahí donde se establecen las barreras entre uno y los demás. Curiosamente y a contraparte son los demás los que pueden doblegar ese mismo ego y junto a él, el beneficioso acto de deshonestidad basta con irnos al otro extremo para comprender que en las situaciones del día a día, y con tantita curiosidad, podemos encontrar la honestidad en su más pura expresión, tal como sucede con mi amigo Everardo, que vende los mejores tacos de canasta de la Colonia del Valle y quizá hasta de la Ciudad, y pues cómo no, si son los meros originales de Tlaxcala. Cierto día, de tantos que paso comiendo y platicando con él, vi que uno de mis compañeros comensales le pagó con un billete a lo que mi cuate Ever, como suelen decirle, le dijo que no tenía cambio, por lo que el compa se quedó confundido pensando ¿Y ahora qué hago? Mientras Ever le decía con toda seguridad: No te preocupes, mañana me los pasas, fue ahí que se me ocurrió preguntarle; ¿Nunca se han ido sin pagarte? A lo que con una mirada calculadora pero segura, me respondió; ¿Qué crees? Que no, en los años que llevo nunca me han quedado a deber un sólo peso, a pesar de que de repente se me junta la gente, todos siempre pagan justo lo que comen, es algo así como un código de honor, y es ahí cuándo me pregunto ¿Qué pasaría si todos fuéramos así de éticos? Ambos nos quedamos pensando la misma pregunta, mientras una voz cada vez más cercana decía “me das dos de chicharrón y uno de papa”.

A todos los taqueros que nos alegran el estómago.

Luis Melchor (El Tres)

octubre del 2024

#LaNaveVa

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