Sonaba dura una salsa en la habitación, María, Ignacio, Rosa y Ernesto descansaban después de nadar y estar jugando al frisbi en la nublada playa. La música les mantenía vivos, olía a humedad y a lluvia, las gotas de agua comenzaron a ser más grandes, agresivas y constantes. Relámpagos, vientos encabronados, furiosos, malditos, entraron en la bahía, los techos de las casas volaban y se impactaban con los vidrios de los departamentos. Gritos en el lugar y sensaciones de muerte. Las palmeras fueron arrancadas de las banquetas, el viento era la criatura más violenta, más inclemente, la tormenta hacía sangrar las playas, destruía negocios, arrastraba personas. Dentro de las casas, de los departamentos la gente rezaba y lloraba. La oscuridad se hizo tremenda, dueña de todo, del miedo, de la tranquilidad, de la calma. El viento no cesaba, no quería, buscaba venganza, gritaba venganza. María, Ignacio, Rosa y Ernesto, ya en la madrugada, intentaron no temerle a la penumbra, pretendieron no sentirse vulnerables, ínfimos ante el universo.
– ¿Ya pasó?
– Pus parece…
– ¿Qué hacemos?… ay diosito santo…
– Pus, esperar tantito… todavía hay brisa… creo que alguien está gritando…
– Pero no salgamos… hay que esperar… hay que esperar…
DRN…

