Una silla astillada en donde estuvo alguien, pensando, bebiendo ginebra. Una silla en donde alguien recordó, sentado, que alguna vez, una semana de noviembre, se puso en plan desmán y se fue loqueando a unos conciertos de música maciza. Una silla en donde ese ser, ese ente de la tierra, esa masa llena de energía, todo pacheco, decidió convertirse en ondas, en sonido, en rockanroleo. Una silla, una silla que ahora está rota, porque el ser, al acordarse del relajo, la azotó al suelo mientras gritaba de pura maldita alegría, de puro acordarse.
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