“La muerte no es mi posibilidad de no realizar más presencia en el mundo, sino una aniquilación siempre posible de mis posibles, que está fuera de mis posibilidades”.
J.P. Sartre.
Se acerca el hermoso Día de Muertos, la fecha más bella para algunos de nosotrxs, no sólo por los olores, sabores y colores tan vivos que parecen dialécticamente contrastantes, sino porque mantienen presente la memoria de aquellos a los que con tanta fortuna tuvimos el placer de compartir la vida. Hay quienes sostienen que la muerte no es otra cosa más que el final de la vida, una quimera, como aquél viejo filósofo hedonista que decía; “Cuando yo estoy, la muerte no está; y cuando ella está, yo ya no”. Parece entonces que para ciertas personas la muerte resulta una especie de límite que separa a la vida de ella, una aniquilación. En tal caso parece una respuesta delimitada tanto a lo físico como lo biológico, igual y hasta por lo químico, pero no sucede lo mismo con lo filosófico, ¿pues qué respuesta podría satisfacer a las ociosas inquietudes de la filosofía? Ahora que lo pienso, no recuerdo bien, en qué momento fue que me di cuenta que la muerte siempre ha sido y será un tema interminable para ella, lo que sí recuerdo es que, como mexicano, nunca dejé de pensarla desde nuestras tradiciones, es decir; de manera distinta a verla como “final”, antes bien nunca deje de tener presente que nuestros muertos viven, por extraño que parezca, aquí en la memoria, resulta entonces que pensamos a la muerte como parte de la vida.
Pero, ¿entonces qué será la muerte? Tantos siglos de supuesto desarrollo evolutivo de pensamiento y tal parece que siempre llegamos a la misma pregunta sin respuesta o quizá llena de tantas que no sabemos cuál ha de ser la correcta, si habría algún ser humano en la historia que llegase a ella seguramente se lo llevó consigo a la tumba, o como el buen Sócrates, que sabiéndose conocedor de los misterios de la vida, anhelaba conocer aquellos de la muerte, aunque lamentablemente ya no pudo regresar a confirmarnos si los conoció o no. Quizá no sea que la respuesta a la pregunta que constantemente nos solemos hacer no exista, quizá el problema no recae en hallar la respuesta y quizá sea que la pregunta no esté correctamente dirigida, qué pasaría si en lugar de ello nos preguntásemos, ¿para qué sirve pensar la muerte? Quizá esta perspectiva la tendría un poco más clara uno de nuestros grandes filósofos mexicanos, el gran Nezahualcóyotl, cuando afirmaba que el nombre de uno jamás perece, en tanto que las flores como los cantos sigan esparciéndose, ¿es pues, esta trascendencia a la que uno podría aspirar? Tal parece que para el sabio poeta sí, y es que en dado caso le da un vuelco existencialista de lo trágico como “fin” a lo vital “como trascendente”, resulta pues que la vida no parece un límite o un “fin”, sino el proceso al que pertenecemos todos con la finalidad de reproducir el legado de una vida laudable, de tal manera que tanto el conocimiento al que se llega y se deje sirva de común a los demás como las flores y entre los cantos.
No es de a gratis que nuestros antepasados Mexicas valorasen tanto los bellos colores de las flores o la belleza intelectual de los cantos, toda analogía trae consigo el peso de cierta verdad que nos lleva a hacer un esfuerzo reflexivo e interpretativo, así pues, las flores han representado desde entonces esa idea dialéctica entre vida y muerte, pues en ese proceso de crecimiento, florecimiento y marchitamiento, dejan en su vida un poco de ellas para las siguientes. Dialéctica no significa aquí dos opuestos, sino la complementación, y quien la representaría mejor sería la complementación entre el color negro y el rojo; “la palabra”, “los cantos”, que igual que las flores también se van cultivando en nuestros corazones, donde habitan nuestros queridos que, aunque ausentes, permanecerán aquí un poco. A diferencia de otras culturas no habitan en la memoria sino en nuestro corazón, pero sobre todo en nuestros actos, celebrando la muerte para sentirnos y sentirlos vivos. “No acabarán nuestras flores, no cesarán nuestros cantos, se reparten, se esparcen”, la vida es tan bella y colorida como la muerte, pero es la muerte misma la que le da sentido y color a la vida, como decía mi querido viejo amigo: “vivir eternamente le quitaría ese sentido a la vida”. ¡Qué güeva!
… A todos nuestros muertos y que vivan por siempre.
Luis Melchor (El Tres)
octubre del 2024
#LaNaveVa

