FILOSOFÍAS ESQUINERAS | NAVEGAR EN SENTIDO CONTRARIO

Ser salmón es una manera de ver y pensar el mundo. Y es, sobre todo un estilo y un privilegio.

MarcelÍ

“Yo no era salmón, poco a poco me fui convirtiendo en uno” -Dice aquél viejo sabio frente al micrófono de aquella amplitud modulada que transmite su emisión nocturna semanal- programa para desvelados y, por ende, ya desde ahí programa para muy pocos. La irreverencia de tal personaje seduce a quienes se encuentran de alguna manera buscando entre las ondas hertzianas “algo diferente”, al poco tiempo y no sé si por la franqueza o por las groserías que atraviesan por una radiodifusora de corte cultural, te atrapa, y una vez atrapado es difícil ya dejar de compartir ciertas inquietudes que en algún momento llegaste a preguntarte. Las groserías no resultan comunes y corrientes, eso, igual y comunes sí solían ser, pero corrientes para nada, cosa curiosa poder imaginar el caso de lo que podría denominarse una grosería inteligente, o de plano una grosería con estilo, quizá eso haga mucha diferencia, son groserías “no para todos”, “no para cualquiera”, como si en el mundo de la cultura no habitaran tantas groserías, así como tantos groseros también.

No es cosa de espantarse, hipócrita sería de nuestra parte asustarnos frente a lo público y contradecirse entre lo privado, resulta a más de contradictorio, incongruente. Sin embargo, y aunque no lo parezca, suele ser, hoy día, más que común “normal”, sea lo que esto quiera significar, entonces resulta que para la mayoría lo habitual es encajar entre los más, entre las masas, “agradar” a los otros, sin cuestionar, dejarse ir frente a lo que viene, frente a lo que se dice, frente a la corriente.

Como decía aquél filósofo alemán, Kant: “resulta muy cómodo no estar emancipado”, es decir dejarse llevar, que lo hagan los otros y sólo seguirlos, de alguna manera se convierte en el pensamiento linealmente establecido que lleva a creer que “se piensa”, cuando en realidad lo único que se hace es seguir repitiendo las mismas ideas viejas, vacías y algunas hasta sin sentido que delimitan al verdadero pensar, al pensar que cuestiona, el que no se limita, el que va más allá de lo que se dice y repite, aquel que, como bien decía nuestro querido filósofo de la ilustración, cuesta mucho trabajo desarrollar; tanto trabajo que lo asociaba con la mayoría de edad, porque se vuelve una responsabilidad frente a la que las mayorías no están lo suficientemente preparadas porque temen al error, al fracaso o en la mayoría de esos mismos casos “da hueva”.

Puede que esta misma hueva que se reproduce a desmedida sea la que inunda el flujo de la corriente que arrasa con quien no tiene la suficiente suspicacia para cuestionar el hecho de que todos vayan para un lado, ya no digamos sin saber ni si quiera por qué, sino que ni si quiera con la remota posibilidad de llegárselo a preguntar.

El ser humano posee esta, en ocasiones, enaltecida y presuntuosa facultad de pensar, pero la mayoría, cuando tiene que resolver un problema con esa misma facultad, se llega a doler de sí, también cuando se le pregunta algo le cuesta responderlo porque no se lo esperaba o en muchas de las ocasiones simplemente no quiere pensar en lo que tiene y entonces resulta más fácil recibir respuestas que formular las preguntas, quedarse con lo que se le dice, pues sí, ¿para qué ir contra la corriente si resulta más fácil dejarse llevar? Qué mejor que seguir en la comodidad de la que hablaba nuestro amigo Kant.

Pero Kant al igual que nuestro querido amigo Salmón, constantemente sostenían que aunque las mayorías se dejen guiar por esta “casi segunda naturaleza”, hay aún aquí una primera, y ésta es la que ha creado el verdadero conocimiento que surge a partir de lo que se cuestiona, esa naturaleza que parecería un tanto extraña para nuestro entendimiento no lo es para el del pequeño que constantemente se pregunta el ¿Por qué – de todo?, para aquel anfibio que tuvo que salir de la comodidad de su océano para aventurarse a la “evolución”, o aquellos primates que tuvieron que desarrollar sus propias manos como herramientas para su alimentación o supervivencia, o el salmón que ha tenido que nadar a contra corriente con el fin de garantizar la continuidad de su propia especie, pero no sólo se enfrenta a la dificultad de esa corriente en contra, sino también frente a las garras de los predadores que están al acecho esperando tan sólo un pequeño error, para poder acabar con una vida de esfuerzos y sacrificios, así es la vida de un salmón, suele ser una infinita pelea para que sólo en un instante todo esfuerzo sea aniquilado, aun así, el logro de ese mismo salmón será no haberse dejado llevar por la corriente, que es en sí su propio logro, y de los pocos que alcanzan a llegar a desovar han de llevarse la certeza de que su lucha no fue en vano, pues habrán dejado en sus huevecillos el legado del esfuerzo, la entereza y el deber de seguir navegando en Sentido Contrario.

A los salmones y al salmón mayor (feliz cumpleaños cabrón).
A siete años de navegar contra la corriente
#LaNaveVa
Luis Melchor (#ElTres)
Agosto del 2024
#LaNaveVa

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