Subo a tender la ropa porque hoy habrá un poco más de sol. Bajo y me como unos winis de piña que había comprado en la tienda. En la tele la carrera de los cien metros en las olimpiadas. Me mal viajo. Me pongo los audífonos y le subo a los tumbados. Las nubes comienzan a oscurecer la tarde. Sacudo la cabeza y decido dejar la ropa tendida, aún con la amenaza pluvial. Ya ni modo. Se percibe el frío que antecede a la lluvia. La Ciudad en sus charcos, en sus ganas de obsesionarse con mojar la ropa ajena. Sin indignarme, me acuerdo de mi hambre. De la mesa de madera tomo la bolsa de estraza, busco el trozo de pan sobreviviente, sirvo agua en la cafetera. Varias cucharadas de café de Puebla. Unos minutos y trato de descifrar si esto es un cuento, una invención, un relato. En mi radio suena la última tanda de ochenteras. Comienzo a sentir la comezón en la dentadura, afuera comienza a llover a ritmo intenso, vacías las calles, mi cuerpo se retuerce en cada gota que cae en el asfalto encharcado de la Ciudad Llanto. Me retuerzo y pierdo la voz en un agudo cantar. Me hago pequeño, mínimo. Busco el rincón más oscuro y espero a que la noche inspire mi canto.
Los faros de las calles se encendían ante un cielo con pocas estrellas, se escuchaba recio a un grillo agazapado en algún lugar de la Ciudad.
DRN… quién es el que anda ahí?

