ARDUA TAREA LA DE MAQUILLARSE EN EL METRO

– Todo lo que le diga, dudo que tenga muchos argumentos para defenderse

– Es que hablar con ella es hablar con una pared

– Pero te digo, no ves que le pagaban la plaza porque les daba lástima

– Sí… que el aguacate, que los limones

– Yo por eso quiero ir a ver a esa señora mañana….

– Ya…. Ay, éste color me encanta

– A mí no, no se me ve bien

– Ay no digas…

– Pus sí, es que estoy bien prieta

– Ni digas…

– Y luego ¿qué?, con el que te estaban echando a andar.

Brochas, esponjas, labiales, olores dulzones, lápices, las tres mujeres maquillándose en el vagón del metro de la línea dorada, sentadas una junto a la otra, con sus bolsonas en las piernas, abriendo los ojos frente a sus espejos, untándose cremas, polvos en los pómulos que a cada fino brochazo tenían otra pigmentación. Las tres modificaban su ser en el trayecto monótono de la línea dorada.

– Y luego, me dice Dana, antes de llegar con la viejita… pasa a saludar, y yo de, ni madres

– Ya ves cómo es, pero te digo, es la mismita pared

– Ay manas, pues yo lo siento tanto, de verdad, pero pues qué le hago, no me toca ni me importa y nomás no quiero que me anda amargando

– Eso sí

– Eso sí

– … miren yo uso éste, éste y éste… el verde clarito es el que más me gusta

– Se te ve bien… y pues ya, finalmente pues ya, una a lo que le toca…

El paisaje de nubes gigantescas, montes repletos de árboles y casas esperaba ansioso una lluvia taciturna al son de vientos veraniegos. El hombre de gesto adusto y audífonos enormes, de píe, recargado en la puerta del vagón, escuchaba un rock progresivo para no caer en las tentaciones del mal pensar. El metro aniquilaba segundos en cada giro de sus ruedas metálicas.

DRN… métrico

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