EL HOMBRE HUNDIDO

– Qué va a decir usted, este viejo está loco… pero, es que esta hierba nomás me tapa los tubos y luego namás me lleno de agua…
– Y, ¿qué es eso…?
– Es pa que se seque la hierba
– ¿Y cuánto tarda?
– Con éste, no tarda mucho… una semana y ya queda…

Los perros mugrosos y de melenas apelmazadas seguían al señor que rociaba la hierba alta del arrollo. La autopista se esforzaba en guardar los ecos del motor de la última camioneta que había pasado. Las nubes se entretenían pensando en su delicadeza, el mundo se regodeaba con el calmo paisaje. La vida mantenía el equilibrio en la espina del maguey más frondoso, que en una de sus pencas conservaba un pacto de amor encerrado en un corazón atravesado por una flecha. El aroma de tierra mojada intentaba no sufrir con el olor aceitoso del líquido esparcido por el anciano de baja estatura.

– Y usted, ¿para dónde va?
– A la presa…
– Mmmm… pero a qué va si ya no hay más que nada, agua verde y mosquitos….
– Pues a ver qué me encuentro…
– Qué va encontrar, puro perro y maguey manso…
– Pues sí, a ver qué encuentro…
– Qué va encontrar… qué va encontrar, abandono nomás…
– Pues sí, eso, eso ando buscando…
– Nambre, y yo soy el loco…

Los perros comenzaron a ladrarle al viento, el más pequeño pero más bravo, decidió ladrar recio y sin pausa. Los mosquitos se entretenían en los árboles y los magueyes más podridos. Al llegar a la presa, el sujeto se miró en el estanque rodeado de gigantescas nubes. Al son del ladrido del perro chico se sumergió en las aguas turbias. Tres aves que buscaban truchas levantaron el vuelo extrañadas por el acto del hombre. El sol observó el hundimiento de una insignificante porción de la raza humana. Dos renacuajos nadaron, rebanando con una delgada línea el reflejo de los árboles y las nubes que aún no se creían su belleza.

DRN… Caminante errante…

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