DOS MUJERES FUMANDO

Otra vez el vago. Otra vez yo en los ojos del vago, reflejado en sus tristes pupilas, proyectado en su mugrosa piel, en ese cuerpo tirado en el suelo ardiente. Otra vez en esa misma dimensión, pensándome tan cerca, tan equivocado de mi existir, tan vago, tan libre de decidirme así, viviente del habitar mugroso, del hacerse cochambre. Otra vez en esa mirada que pide y no da, en esa respiración torpe que angustia. En el puesto de tacos de suadero una grasosa nube atrae a los comensales; un corrido que le canta a un sujeto inmortal y cabrón completa la escena. El calor reventando los termómetros de la CiudadQueja. El vago sudando sus pasados, su borrachera inmensa, evitando la resaca infernal. Otra vez yo en el vago, en sus movimientos, en sus harapos, en su apestoso ser.

En la banqueta, muy cerca del hombre con costras de mugre en la piel, dos mujeres de maquillaje discreto, cejas marcadas, piercing en la nariz una, en el labio otra, miran algún horizonte citadino, el humo que sale de sus pintadas bocas se ve temeroso, se percibe acobardado. El vago ni en cuenta de lo sucedido. Las mujeres dan la última calada a sus cigarrillos, antes de enviar la humareda al mundo desesperado, parpadean lento, sabiendo, muy sabiendo, que la vida no era aquello que les habían platicado y que en nada se parecía a lo anunciado en la televisión, a lo contado en las redes sociales.  Se pusieron de píe, una ayudó a la otra, en silencio, se dirigieron hacia la entrada del metro, antes de abonar veinte pesos en su tarjeta, sin dudarlo mucho y pensando en hacer una buena obra, le tiraron unas monedas al vago que completarían para su panalito. Susurrando, una de ellas le dijo al universo, el que por su gusto muere… Ambas, y hasta el vago, desaparecieron de la vida, perdiéndose entre la gente, intentando llegar a un sitio, en una hora, en un tiempo, entregándose a la absurda realidad. 

DRN

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