FILOSOFÍAS ESQUINERAS | LOS ANTIADULTOS

#posibilidades: editorialnanahuatzin

Salmocitos todos

“—¿Qué te gustaría ser de grande Max?
— Niño”

¿Qué es lo que nos hace ser adultos o nos hace dejar de ser niños? ¿Cuándo se termina una etapa y comienza la otra? ¿Por qué dicen que hay quienes jamás dejan de ser niños?, o quizá y una pregunta aún más importante sería ¿Para qué queríamos ser adultos? 

Hay muchas consideraciones, estudios y análisis que se han postulado de manera formal en roles anatómicos, antropológicos y psicológicos que nos han planteado ciertas características que se manifiestan en las distintas etapas o edades del crecimiento humano. 

Hay ocasiones en las que el uso de la palabra “niño” ha sido ocupada de manera despectiva como persona “adulta” que no ha “superado”, dicha etapa, ¿pero por qué tendría algo de malo ser niño? Hace tiempo que la psicología misma ha aceptado el término “síndrome de Peter Pan” para hacer alusión al estado clínico de los pacientes que no han madurado o crecido mentalmente, ¡vayan ustedes a entender lo que eso signifique! Pues si es verdad que sus postulados se desarrollan en terrenos del comportamiento, tal parece que podrían encontrarse distintas grietas que no se han abordado del todo en el curioso y paradójico terreno de la mente humana.

Comúnmente crecemos adoptando, ya sea por tradición o costumbre, el conocimiento de aquellos que son mayores a nosotros, y es, por obvias razones, la forma más cotidiana de inculcarnos la educación y posteriormente introducirnos al mundo de los deberes y responsabilidades para, tal parece, ser “introducidos en una sociedad funcional” (si es que esto existe). 

Probablemente el que así sea la costumbre o así hayamos crecido “la mayoría” no determina que ésta sea la única o la más adecuada forma, pues tal parece que en muchas de las ocasiones el ser adulto se vuelve cuasi una obligación, lo que no impide que existan otras maneras, pues contrariamente de lo que podría pensarse, el ser adulto no es garantía de tener la razón, y hasta podría decirse que no es garantía de nada, aunque en muchas ocasiones se escuchen decir falacias de autoridad como; “tú qué vas a saber si eres demasiado joven”. Esto último, aunque suela ser un error y resulte peligroso para el conocimiento, no lo es tanto cómo el hecho de aniquilar la curiosidad, como en situaciones donde los más pequeños, de entre los dos y tres años, comienzan a preguntar el famoso “por qué”, un posible martirio para los padres que de repente no le tienen tiempo o paciencia a aquellos que aún ven en los padres un ejemplo. 

Más de una ocasión me ha tocado presenciar a padres que cuando los hijos preguntan y preguntan ¿por qué esto? ¿por qué lo otro? ¿por qué? y más ¿por qué?, los dejan acorralados sin saber qué responder (cómo si fuera una obligación). 

Y como adultos así lo toman, como si el hecho de no saber fuera sinónimo de vergüenza y termina siendo este instante una batalla dentro de sí por querer decir algo, aunque este algo en muchas ocasiones termine siendo una tontería, o peor aún, ni si quiera se diga y se intercambie por el que más me ha tocado escuchar “deja de preguntar y vete a jugar” o “vete a comprar algo a la tienda”, ¡vaya capacidad de criterio! 

No sabemos el gran daño que infringimos en el mundo del conocimiento de los pequeños, el mundo que apenas están explorando, pero que nuestra adultez comienza a delimitar en terrenos del “preguntar es malo”.  

Recuerdo casi a la perfección aquella vez en la que mi sobrino Max y yo fuimos a pasear a Chapultepec, al Museo de Historia Natural, como a muchos niños a Max le fascinaban los dinosaurios y se emocionaba bastante con ver lo que en el museo se encontraba, pero lo que más me agradó, fue ver la emoción que a Max le producía correr en el pasto; querer trepar los pequeños árboles, y por su puesto querer atrapar los pájaros, -ver cómo los pequeños van conociendo el mundo es siempre fascinante, y en muchas ocasiones nos enseñan más de lo que podríamos llegar a creer- fue justo en esa ocasión, y que jamás se me va a olvidar, en dónde he creído recibir la lección más grande de filosofía, en ese breve pero profundo, existencial pero ontológico instante cuando Max (después de haber correteado a un pájaro) viene hacía a mí y me pregunta -Tío, ¿Por qué los pájaros vuelan? – ¿Por qué? Qué gran pregunta, que yo recuerde nunca me la había hecho y para ser honestos al día de hoy la sigo pensando, apelo a su indulgencia de no contarles mi respuesta para Max, sin embargo, creo que el hecho mismo de no hacerlo nos ayudará a comprender lo maravilloso que es nunca dejar de asombrarse, lo maravilloso de las infancias, pues no hay que olvidar nunca que todas las personas mayores fueron al principio niñxs. 

…A mis sobrinos Max, Demián, Lou y Lev .
Luis Melchor (El Tres)
 Abril, 2024
#LaNaveVa

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