LA VIDA DE UNA TARDE EN UN PARQUE DE XOLA

Los dos vagos están echados en el pasto, párpados hinchados de tanto alcohol en las venas, en la vida, uno de ellos reposa el cráneo de melena sebosa y despeinada en la guitarra de madera desgastada, el otro sueña con un antiguo amor y una playa en pleno huracán, el sol le convida a ambos una buena dosis de calentura. Otro señor de cabello blanco, sentado en una banca, le da tremendos jalones a un porro chueco forjado con esas manos llenas de cal y cemento, deja ir el humo y su cuerpo se acostumbra a la rudeza del concreto. Una pareja de jóvenes se da de besos debajo de un árbol frondoso, un pirul que clama por nubes de agua. En el parque los perros mean y cagan en donde les da la gana, algunos de sus dueños recogen los desechos y los guardan en bolsitas de polipapel. Los dos vagos no quieren despertar, no lo harán hasta la noche, cuando su hambre les levante o cuando un perro despistado pase y les tire una orinada encima.

La Ciudad se quebranta con las últimas luces de la vida, al son de un danzón suculento que se escapa de los labios del anciano que, bien pacheco, trata de tolerar al mundo en su espalda. Un flaco de caminar estúpido mira el acontecer y suspira de tanto que sucede. La luna, coqueta, se asoma buscando fieles espectadores.

DRN…

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