TOPER CON TAPA VERDE, PAPEL ESTRAZA Y UN SEÑOR DE UNIFORME ANARANJADO

Las tortillas aún están calientes y suaves. El guisado que está en el toper lo cocinó su hija mayor antes de irse al trabajo, ella entraba temprano a la tienda departamental por el inventario mensual. Al acordarse de su hija le da una mordida a la tortilla que ya había hecho rollito. Resaltar que comía sentado en la banqueta, detrás de un auto híbrido rojo. El calor provocado por las feroces intenciones del sol, antes de dar otra mordida al bistec en morita envuelto en una tortilla, le llevó al delirio, sentado, sosteniendo el taco con ambas manos, mirando la pared del edificio habitacional pintada de anaranjado, se acordó de su ser de tiempos pasados, se vivió en esos tiempos, su cuerpo permanecía tieso, su mirada atenta, en un sitio fijo; un perro callejero, algo mugroso, bien comido, andaba tranquilo, en sus cuatro patas, por la banqueta, hasta que al mirar esa mirada se conmovió, el perro de pelaje oscuro siguió su andar algo desconcertado, algo confundido de no entender eso, esa manera de ver; la mirada siguió así, quieta, la otra vida en su mente, recordando lo que fue, lo que vivió, intentando no regresar al calor, a esa Ciudad, pretendiendo quedarse ahí, en esos días, en esos intensos momentos, y lo logró, se quedó en esos días, en esos instantes de su mente, se quedó ahí, su cuerpo sin movimiento, confundiéndose minuto a minuto con los arbustos de la banqueta. Al día siguiente, cerca de las diez veinte de la mañana, regresó. Estaba muy acalorado, le dolía mover las articulaciones. Las tortillas se las había comido un perro grande, el mismo que también había triturado los huesos del bistec; quedaba la tapa del toper, pedazos de papel de estraza a su alrededor. La tarde muy infernal, en la tortillería sonaba una rola de The Horrors, un hombre poco sensato, de pensamientos confusos, caminaba a un costado del hombre que se levantaba buscando su carrito de basura. 

DRN…

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