Debajo del árbol de inmaduros duraznos el grupo de personas católicas se preparan y se dan ánimos para la representación del viacrucis en la Plaza Juárez, de Santiago Zapotitlán, en Tlahuac. Los niños y las niñas juegan con las pelotas de plástico, con los juguetes que crean burbujas brillantes y momentáneas. Mujeres, hombres, caminan ante el sol que de a poco se esconde en un jueves en donde un hombre está por ser traicionado. En la iglesia las señoras regalaban manzanilla, pan, vendían veladoras para calmar ciertas culpas, ciertos dolores. Adentro, en el atrio, de rodillas, niñas, niños, mujeres, celebraban la misa, leían frente al micrófono algunos pasajes de la biblia.
Un diablo entre la gente, uno alto, corpulento, de gesto gruñón, acaso incomprensible, un personaje de extraña vibra, de intensa presencia, un diablo detrás de aquél que busca monedas, que tiene información, que sabe algo, que vende algo, que vende a alguien. Un diablo que espera, que habla y su voz reverbera en las bocinas, se queda en los oídos de las niñas, los niños, las señoras, los abuelos, las abuelas, los policías, las señoras de la michoacana, el don de los juguetes, la doñita de los globos, el señor de los elotes, de los dorilocos. Loco el momento, el diablo detrás del joven actor, los demás, los de barba, los adultos y ancianos gritando, preparando su rencor, su pretendida salvación. El diablo se pierde entre las personas; en la lejanía el rechinar del metro anunciaba momentos de confesión. Las nubes no apresuraban su pomposo andar.
Al hombre se le comienza a odiar desde ese día, alguien, uno de sus seguidores, le vende, sí, lo vende por unas monedas, un seguidor que en la representación es un jovencito que provoca desprecio, su risa, su voz, sus intenciones al caminar, su manera de comer al lado del hombre incita al desprecio; el hombre, con voz demasiado apacible, casi una caricia, trata de decir sus parlamentos detrás de la mesa montada en una esquina de la Plaza; la comida cuestiona al apetito del respetable, la papaya recién cortada, las bebidas, el agua fresca en los cántaros, las uvas, la fruta, el pan meticulosamente ordenado se antoja y las personas, sin dejar de mirar la escena, se acercan al carrito de elotes, a las tostadas, las banderillas, las empanadas, las papas fritas, las tlayudas azules, los tacos de canasta… en el entarimado el hombre sugiere culpas, invita el pan y el vino. Algunos, antojados, nos acercamos a la gran canasta llena de pan, dos piezas para cada quien, un pan caliente, un pan sabroso al paladar, un pan dado en un momento inesperado, alimento para el pensamiento, para el alma, para las ideas.
Aquél que recibió las monedas a cambio del hombre, el jovencito, el actor, experimentó una pena enorme, un dolor inmenso, se tomó la cabeza intentando sacudir los malos pensamientos, las zonas oscuras de la mente, se levantó de la mesa mientras los demás comían en calma; el que recibió las monedas bajó del escenario, corrió entre la gente, con vergüenza, con rabia, corrió hacia la iglesia, se la cayó algo, regresó, se agachó y lo tomó, no vi qué fue, las personas grababan el momento, transmitían en vivo, el evento atrapaba cualquier atención en el lugar, debajo de las carpas; después, el actor, atravesó el atrio de la iglesia cuando la tarde estaba en los azules más anaranjados, cuando el cielo parecía estar presintiendo una profunda tristeza, una de canción ranchera, de cerveza en la banqueta, tostadas de pata con salsa re picante, refresco de limón. El cielo en su arrepentimiento y el hombre esperando, esperando lo peor, lo que muchos ya presentían, esperando la sangre, el castigo, el martirio, la culpa, la burla, mientras tanto, el hombre allá, en la mesa, comiendo, platicando, recitando los versículos y parlamentos que revivían los episodios de un personaje que al final, antes de resucitar, fue asesinado en una cruz.
A la distancia se escucha una salsa romántica, los focos de los faroles parpadean invitando al misterio. En los pollos rostizados la gente formada piensa en el episodio visto en la plaza. Afuera del oxxo, hombres, mujeres, motonetas, mototaxis, esperan al zumbido de la noche, una camioneta pasa recitando un corridón atorado, de los macizos. Elektra y banco azteca aún atienden a las personas que se forman con cara de impaciencia; afuera del little caesar, familias y parejas hacen las cuentas y eligen las combinaciones, el vieneviene del estacionamiento le da un jalonsito a la mona para dar bien las indicaciones, el joven de gorra, chamarra, pantalón oscuro y aspecto tumbado recargado en el poste de luz se atiza un tremendo gallo marca viacrusis, un par de soberanos haitianos reposan su ser calmo y parsimonioso en una banqueta mientras teclean rápido, a veces lento, en sus teléfonos celulares conectados a la red pública, una niña le dice a su madre si le compra una rebanada de pastel de zarzamora. La noche, en tonos más tranqui, más de paisajes mansos, nubes relajadas, azules hipnóticos y un tono muy ligero de naranja, en un jueves de marzo.
DRN…







































