
No prometo intentarlo, pero intentaré intentarlo.
Bart Simpson.
No me gusta ir al gimnasio en enero porque se satura de gente, gente que aglutina los aparatos y las pesas, de cierta manera se sienten culpables de lo que comieron en diciembre y llegan con el famoso “propósito” de año nuevo –dice mi hermano –prefiero ir hasta febrero, una vez que ya se les pasó el gusto, que normalmente dura uno o hasta dos meses. ¿Cuánto tiempo dura un propósito? ¿En qué momento se construyó la idea de los famosos propósitos de año nuevo? Más aún ¿qué es un propósito? En México se arraigó la (no sé si llamarla mala) costumbre de comenzar cada año nuevo con esta palabrita que al igual que cada año nos deja con bastante incertidumbre. Hay quienes le atribuyen a Francisco de Sales la frase El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, otros por su parte dicen que nel, que el mismo Francisco se la atribuía a otro francés llamado Bernardo de Claraval. Sea quién haya sido que dijo dicha frase, deja bastante a pensar, y es que en realidad si las frases no son para eso y para hacer de ellas una interpretación, podemos considerar que están por demás, lejos de cumplir con el rol tradicional que les compete entre la reflexión y la exhortación. Y es que, si bien una sola frase nos puede llevar a detenernos y reflexionar sobre el porqué de nuestras acciones, también implican en sí una consideración muy importante que sería la de evaluar las propias acciones, cuestionarlas o en el mejor de los casos cambiarlas, es decir “trabajar en ellas”, sí, eso, aquél gerundio que transforma a un par de simples palabras en verbo se manifiesta precisamente a través de la acción, qué maravilla es llegar a ser partícipes de esa transformación entre el decir voy a escribir al estoy escribiendo, digamos que el hecho de estarlo haciendo parecería volverse una satisfacción en sí misma y que no por menos se vuelve una acción realizada, la cual se aleja del deseo de querer hacerlo. No podemos afirmar, ni lo queremos, que el el querer hacer sea algo malo: podríamos decir que es parte fundamental de la voluntad humana; lo que al final nos va guiando en la vida, pero lo que sí nos convendría analizar es, ¿qué de lo que queremos realmente estamos haciendo? ó, ¿qué hemos dejado de hacer?, probablemente ahí es donde se encuentre la disyuntiva entre el propósito y el hacer las cosas, pues el propósito no parece ser otra cosa más que la intención de ahí es que nos conviene pensar en aquella frase de quién sabe quién. Bajar de peso, viajar más, tener un mejor empleo, convivir más con nuestros seres queridos, suelen ser algunos de los propósitos de año nuevo que más a menudo se suelen escuchar y repetir año con año, pero tal parece que de nada sirven como propósitos si no le damos un buen rato al ejercicio, y somos constantes en ello, si no ahorramos, o a lo mejor y hasta sin dinero, agarramos y nos vamos a pasear, no se puede tener un mejor empleo sino se busca, o no se puede convivir con quienes queremos si se siguen guardando rencores de los años pasados, de los que muy probablemente por distancia ya ni se acuerda uno por qué carajos se estaba enojado con aquél.
Está chido tener propósitos, pero estaría más chido no tenerlos, no tener la intención de hacer las cosas, sino hacerlas, estar satisfecho con ello, con lo que se hace, ¡porque se está haciendo!, vivir de cierta manera en que se tenga presente que no hay arrepentimiento de lo que no se hizo y no lo habrá, por ende, porque sí se hizo, cómo decía aquél otro filósofo francés ‒pa variar‒ Jean Paul Sartre, la felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace, ya se imaginarán todo lo bien que se podría llegar a estar siguiendo esta máxima, lejos de los propósitos o las meras intenciones o como nuestro caricaturesco personaje de televisión, intentando intentar, la vida es muy larga sí, pero de intención en intención podemos olvidarnos de la acción, de hacer lo que está en nuestras manos, y quizá aún más allá de ellas, de ser actores y no sólo espectadores deseosos de que los propósitos se cumplan por ellos mismos. Antes de que nos llegue el arrepentimiento sería buen ejercicio sólo recordar lo feo que se siente terminar un año más sin cumplir lo que se prometió, pero aun así prometerse nuevas cosas y quizá hasta más imposibles que las anteriores. A final de cuentas el propósito no se vuelve nada más que las promesas que se hace uno mismo y que empedrarán el camino de nuestro propio infierno.
…a Victor M.
Siempre se puede...
Luis Melchor (#El Tres)
Enero del 2024
#LaNaveVa

