En el taxi cada quien tenía las manos sobre sus piernas, se percibía una distancia emocional enorme, de kilómetros y kilómetros. En la radio el hombre tenía sintonizada la estación de las oldies, se dejaba oír algo de Las Tortugas, She’d rather be with me, la nocturna irrealidad del cotidiano apenas comenzaba a enfriarse, Avenida Tlalpan, Viaducto, Orizaba, Zacatecas se mantenían aletargadas, observando a los nocheros que respiraban lento en un viernes de meneo sabroso y olor a hierba del rey.
El compa de la entrada me pone la pulsera, una sonrisa y un chido. La debida revisión de mochila. Dos personas que había visto bajar de un taxi con semblantes medios sacados de onda, de esos que te obligan a mirar la ventana e inventar tantas idioteces para que se te olvide el coraje, pero no se puede… ese par se sentó frente a mí, que además de tomar fotografías vengo a husmear la vida del personal, sus modos, sus gestos, su tóxica humanidad. En mi mente tarareo Is this it, los Strokes me rebotan en el coco desde hace poco, de nuevo, me vino la nostalgia, la muerte de José Agustín me hizo querer recuperar algo de lo extraviado en las tontas trabas de la mente guanga.
Los que venían en el taxi se sentaron a platicar en las bancas de madera del lugar.
Murmullos de la gente, gritos de las señoras vendiendo chelas claras y oscuras, pláticas, confesiones, besos tronados, risotadas en el lugar confundiéndose con una orquesta de dub que servía de fondo para la conversación de esos dos que mientras decían sus palabras iban incrementando el volumen de su voz, exagerando sus movimientos de boca y ojos, esos dos que mientras se atolondraban de la mente se separaban milímetros el uno del otro, esos seres que escuchaban, con el ánimo más calmado, una rola de Sister Nancy que el selecta´ del Indie Rocks había dejado ir para antojar, porque si no lo he dicho, vine a tomar fotos del toquín tributo a Alton Ellis con los Travellers All Stars compartiendo el gusto con Noel Ellis. Vine, pero llegué tarde, el viernes en esta Ciudad Chamuco me propuso contiendas interesantes para retrasar la hora de llegada, ya se me fue una banda pero ahorita en corto entro a tomar fotos de la que viene.
Aquellos dos del taxi, ante un silencio casual, de vientos fríos, sintieron el impulso de besarse.
Demasiados fotógrafos en el lugar. Me obligo a ser ingenioso. Disparo tras disparo de la canon mi emoción se eleva, la música me coloca, me comparte intensas emociones, el baile de la gente detrás de mí, el roce de sus pieles, las sonrisas y los párpados cerrados, disparo tras disparo los músicos jugueteando sobre el escenario, moviéndose a ritmo apaciguado mientras la música sucedía desde sus instrumentos, el baile de la sensualidad humana, el latir del corazón en cada nota, en cada canción, disparo a disparo manipulo el instante y lo convierto en información binaria, disparo a disparo el movimiento se congela, mi emoción continúa en ascenso, disparo a disparo el concierto sigue y el hombre de seguridad nos saca del sitio justo cuando el del sax le va a pegar sabroso al dubsito.
Después de besarse y no entenderse, de ser astrales hasta el cansancio, aquellos dos entraron al lugar y danzaron más allá de sus inconveniente absurdaje, más allá de sus rancias maldades, bailaron la música que acontecía frente a ellxs, se fueron contagiando lentamente de la paciencia humana provocada por el ritmo latente de la banda.
Ni reviso las fotos. Voy a tirar una firma y topo a un compita dóndose las tres, le digo que no antojen, que ¡guau! comparta, me sonríe y sin pensar en el covid, y muy a la sorda, me comparte un llegue que con calma comienza a ponerme en #lorico, le digo que tenkius, camino al doble u cé y antes de entrar me miro en el espejo, algo sudado, me enjuago la cara, me seco con la manga de mi sudaca mientras una nenorra muy en lo dreadlocks se me queda viendo muy clavel, parpadeo, la chica desaparece y siento un intenso pellizco en mi espalda, fría la mente, me asusto, doy media vuelta y después de dos respiraciones largas, camino, tropezando con las personas que entraban al baño luego de que el rocksteady hiciera una pausa para dar sabrosa entrada a Noel Ellis.
Descansaron cuando su cuerpo se los pidió, entre la gente, ambos, abrazados, diciendo palabras al oído, resolviéndose torpes. Descansaron.
*
¿Algún día superaremos lo vivido? ¿Se puede pedir perdón y continuar? Entre toda la música de Noel Ellis, peleábamos. Éramos el equivalente a Romeo y Julieta, pero nosotros teníamos treinta y nueve y veintiséis años. En el concierto sonó You make me so very happy y lo sentí tomando mi cintura, se pegó a mí, bailamos. Al ritmo de la música nuestro pensamiento se sincronizó en la respuesta a las preguntas iniciales, la respuesta era sí. Tenía días peleando con lo que debía ser y cuándo debía serlo, pero para eso es precisamente la música, el concierto, lo que se vive y con quién lo vives.
Ahí, entre toda la gente, no pude evitar pensar que él no buscaba esto, que él vive en completa libertad, la necesita, me la muestra, la comparte. Nos abrimos paso a la realidad dentro del romance de la peor manera y cuando pude entender que todo debe fluir, fluir al ritmo de esa canción o cualquiera de reggae, pude soltar, pude entender de qué manera me libera a cada respiro que da.
María R. Rached… soltando
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La pandilla con las doctor, las playeras polo en tonos oscuros, la boinita, la chaqueta de mezclilla, el pantalón corto, la actitud chida, el vestido tranqui, los tatuajes en las pieles contando quién sabe qué chismarajos. De tanto cuchicheo mental, de tanto mitotear con la vida, por entretenido, me pierdo las rolas para fotografiar al Noel, me acerco lo más que puedo al escenario y los veo, a esxs dxs, acarameladitos, en el suavesito, bailoteando la música, sacándose de onda con las interrupciones del Noel que invitaban a darle de nuevo desde arriba a la rola, ya estaban con los clásicos, las que se coreaban, los celulares arriba, la banda enamorada de sus recuerdos, de sus dedicatorias, la música en su estado del romance, reggae en su versión más del cortejo, la pandilla cantando los más bonitas, I, unos coritos de Im still in love, el mega cleisic de You make me so very happy, What Does It Take (To Win Your Love), y ese par ahí, en su dulce, en su meneo del amordolor, de la impaciente ansia de no dejarse vencer por el tiempo perdido, la pandilla en su mismo rollo, gozando de un toquín breve, con aromas de naturaleza, de humana experiencia. Disparo una última vez la canon y me extravío en la música para instalarme por un rato en algún lugar calmo de mi imaginada Jamaica.
Aquellos dos salen del lugar en la madrugada del sábado que les recitó canciones rancheras en una mezcalería de la Colonia Roma. Tres perros andaban en las sombras, uno ladró, otro aulló leve, el otro siguió el camino buscando las partículas perdidas de la galaxia.
DRN… en la turbia irrealidad


















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