LA CASA DE LOS ELEFANTES CON VANS

Un desvergue mental, los recuerdos y el blackout dando pisadas de elefantes en mi cerebro, bien confuso, bien atorado, me mandé a la noche.

La luna vestida en tonos crema, la luna de tan lunas, de nochecita, de ahí nos vemos. Hacer la fila, sobre Rubens soportando el viento de Revolución, escuchar el cuchicheo, el ahorita entramos, el bromeo y la risa, los perfumes, las fragancias. Esperar debajo de una noche de tersa melancolía, de intrusa calma. Avanzar, llenar un formulario sabe pa qué, toparse con las rampas pal esqueit, más adentro, el muralón de las calaveras gigantes. El lugar en su tranqui, en su espera, las personas de píe frente al escenario, entre que charlando, entre que besándose, parejas, parejas, parejas, una noche de viernes para la seducción, el arrebato, el beso tierno, al abrazo amoroso.

De casi vacío a estar con un poco más de gente. Las charlas continuaban, los secretos que jamás vuelven y se quedan en la piel. Las chavas, los chavos, las señoras, los señores se toman fotos pal insta, para dejar claro que se la están pasando bien, que se ven suave, al menos, en una foto, instantes compartidos a la virtualidad, intimidades dejadas en la duela del lugar. 

La pareja no deja de acariciarse, tampoco de mirarse, ella, de minifalda café, blusa negra de tela delgada, él, camisa blanca, jeans, se tocan la cara con la punta de sus dedos, recorren sus cuellos, su pecho, sus brazos, y sonaba Mira cómo vuelo, de Miss Caffeina, hay una voz hay una voz dentro, dice que no, dice que lo siento, dice que no se rinda

Luces apagadas, voces prendidas, gritos, Eeeee le fanteeees, Eeeeee leeee faaantees, Eeeeee leeee fantesss. El aire acondicionado aclimata los corazones en una extraña hielera, el espacio reverbera los ecos de las cantaletas, de las emociones nocturnas bajo ese techo de vidrio, y la luna riendo, saludando a lxs presentes, la luna tan con los besos del sol todavía en sus mejillas. Cuatro hombres caminan sobre el escenario, cada uno a sus instrumentos: guitarra eléctrica, batería, bajo y sintes, guitarra acústica y voz. Un conteo rápido con las baquetas, sucede la música, la primera palabra que se amplifica en esta casa es quizás… Comienza el concierto de los cuatro flacos de Barcelona. El público canta, repite las frases, los músicos ríen al encontrarse en esas personas, en esta parte del mundo, de escuchar sus frases en las voces de las mujeres, los hombres enamorados, gritos emocionados, gritos de estar en la canción, en la música. Para la segunda rola una guitarra y un coro que no puede aguantar tanta estupidez, es Shuarma el que canta, quien lleva las ganas y la energía del momento, es un alocado, es un acelerado que tienen una obsesión con sus dedos, con jugar con ellos y hacer que son personajes, gente caminando, mueve los dedos y canta y toca la guitarra y se despeina mucho en cada canción. Que todo el mundo sepa que te quiero, el vocal se hinca para seguir cantando, azotando el drama en el suelo, delirando su música… cómo huele a perfumes, maderas, resinas dulzonas, el vocal, el flaco de ropas holgadas sigue cantándole a un avión que a su paso le dejó recuerdos inusitados para seguir arrastrándose en el suelo y cantar, hacer vibrar.

El público es muy variado, familias, fotógrafxs, soledades y parejas, parejas, parejas, novies untándose el amor a besos, dejándose saliva; también las parejas a la distancia: un hombre robusto eleva su celular para grabar una rola y enviarla por mensaje de voz de wats, mientras lo hace, los demás podemos observar la última transferencia bancaria que le hizo a esa persona y el mensaje que le acompañaba: va, pa qué no digas, avísame.

Pasaron las rolas y las personas se las sabían, Shuarma habla por sus compañeros y se confiesa triste por estar a dos días de partir de México, se sigue alocando en el escenario, el público le sigue, lo sigue hacia esos caminos de voces y cantos melancólicos. El concierto está por terminar, emocionarse es el ingrediente necesario en estos casos, alaridos, acompañamiento para la banda, gritos y demasiada buena onda, gritos para los cuatro flacos que muy en la sombra suelen convertirse en gigantescas criaturas de la naturaleza.

Atarantado, salgo del lugar, camino y me encuentro con cuatro niñes jugando futbol con un botella de jarritos vacía, la noche, la luna, los elefantes, me acompañan en mi regreso a las andadas cuando los relojes ya quieren decir que es otro día.

DRN… fisgoneando la vida | De Editorial Nanahuatzin para CuerdaMedios
Foto: @jadriantomafotos | @ptdmusic_


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