TORITOS

Mila se divierte mucho aventando brujitas sin importarle en dónde truenen, cuando truenan sonríe tanto que Nanahuatzin envidia toda felicidad; cuando no truenan, las busca en el suelo y corre para pisarlas hasta que saquen chispas; están por terminarse las bolitas de papel con un poco de pólvora, acerrín y piedras cuando se escucha la fiesta venir, el relajo, explotan los cohetes en el cielo anunciando la llegada de la mayordomía y los toritos. Mila aprovecha el tiempo que queda antes de estar en medio del desparpajo comunitario, avienta la última brujita que truena enfrente de cinco muchachos de aspecto ambablemalandro que sólo sonríen y saludan a la niña de cuatro años que ríe traviesa.

Se escuchaban los corridones del Junior H, Fuerza Régida, el Nata y las personas brindando, cantando un poco, pidiendo cervezas en los puestos de micheladas, el día no tenía ganas de llover, se aguantaría, nos dejaría disfrutar el último día de la feria, los aromas de los tacos, pambazos, quesadillas, elotes hervidos preparados con mayonesa y queso, las brochetas de carne, los pasteles, el pan de pueblo, las pizzas, los azulitos, las piñas coladas, los algodones de azúcar iban a distraer a toda intentona de lluvia.

Entre los callejones de Santiago Zapotitlán nos resguardamos mientras los toritos y sus seguidores caminaban por la calle, la bandona soplaba trompetas, tubas, clarinetes, hacía retumbar el bombo y el platillo, las cervezas se bebían frías, el tequila con refresco de toronja. Los toritos de distintos tamaños, avisando del peligro, esperado la noche para satisfacer el rencor con la pirotecnia, la gente caminaba y no terminaba la gran marcha de los animales explosivos. Bebimos cerveza, observamos el paso de los más pequeños, después, los más grandes, luego, las personas, la entraña del toro, el calor de la tradición. Caminaron hasta la plaza principal, la música les seguía, era el último domingo de la fiesta, las personas afuera de sus casas, brindando, charlando, otros, traviesos, dejando un aroma a orín en las callejuelas más inocentes; un alguien, entre la multitud, me cuenta que primero se truenan los toritos chicos, después, cuando esta más oscuro, advierten que no lleven niños, que vas bajo tu responsabilidad, los toros mas grandes amenazan en la plaza. Las y los mayordomos disfrutan el instante, bailan felices, platican, gritan, la vida en una plazuela, la vida, la fiesta, la tradición en un domingo indescifrable.

El ruido no se detenía, la música, los corridones y las salsas, la gente caminaba a paso lento, el que se disfruta bailando, riéndose de la vida, con el vaso o la botella en la mano, las mujeres y los hombres cargando, empujando a los toritos más grandes, gente con sombrero, de gorras, chicas, chicos, chiques, divirtiéndose, insultando malestares, identificándose con la comunidad. Niños y niñas en la carcajada, otros más, asustados, evadiendo el gentío. Los cohetones seguían reventando el cielo, el domingo no se cansaba, no cesaba sus vientos dominicales, tarde de un domingo en la plaza de Zapotitlán, la iglesia observando el desmán, el paso de los segundos, admirando las figuras creadas por los últimos rayos del gran astro.

Cuando tuvimos ganas de irnos, el sol nos acariciaba la cara, Mila, cada vez más cansada, sonreía, ella no sabía por qué, pero sonreía, entonces, caminamos y la tarde quedó entre juegos de canicas, dardos que nunca atinaron a los globos, piedras que no rompieron ni una botella. Nos fuimos, y sonreímos, mucho. Mucho.

DRN…entonado y jacarandoso.


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