MONOTONÍA | LAURENCE-ANNE. HIPNOSISESIONES

Vinimos a darle en la madre al jueves, pero no me había dado cuenta. Encaminé hacia el metro Sevilla. Un relajo el transporte, un relajo sabroso, mucha gente, mucha, calores, amores, dolores, el metro y su velocidad, sus pausas eternas, transbordes, caminatas, escaleras, metro de metros que me lleva a mi rumbo, y ahí vamos, la banda chambeadora, ahí vamos y yo traigo en la mente a un anciado Jean-Luc Godard lavando trastes y recitando algo sobre la tristeza y la felicidad del mundo de Elias Canetti. Salí del metro, me topé con la Ciudad.

Extraviarse en las calles, distraerse por las luces, el ruidero de los autos, la música reventando algunas bocinas, las fascinantes escenas de la urbe pasado meridiano, los tonos azulados, grises, el viento escabulléndose intrépido por las banquetas. Me pierdo… entre tanto, la hierba en los pulmones para dar calma, para dar tranqui, me tarareo en la mente una de los Bandalos Chinos.

Llegar al Club del Rock para topar con las chavas indie. Saludar. Leve revisión, pasar y abandonar la vibra de los edificios gigantes de Reforma, de la Juaritos, pasar para entretener el seso, con música, musicota, musicota loca, entrar, observar, nenas, nenes, pandillos, pandilles, todxs medios perdidos, medio buscando algo, platicando, observando los varios Bowies en las paredes, escuchando la selección musical, les presentes ahí, mirándose, distraídos en el celular, en la red social, en el conectar, ahí de píe, esperando, de píe, perdiendo la mente, distrayéndola de cualquier mal atino, ahí, esperando, en la penumbra de un jueves de julio en la Ciudad.

Una chava de melena rubia difuminada se sube al escenario, acomoda algunas cosas, toma una extraña campanita, le da las tres, deja ir la pista, algo electro, algo pal tranqui, el rico: Laurence Anne, medio en franchute, medio en español, creo, le daba tranqui al electro, sola en el escenario, abajo nosotres conectando cada vez más con sus temas, unos más bajón, otros más #tripiantes hasta que nos pregunta la compañere si queríamos bailar, penoses, vergonzoces, decimos que pues obvio, que ya estamos ahí pal sabroseo, entonces deja ir la secuencia, ella baila, ella danza, contagia pero leve, hay que guardar la apariencia, hay que comportarse, pero sí que se baila, el baile tranqui, el individuel, todo bien. Laurence Anne saca la flauta dulce ya para despedirse, baja con el público, sopla, envía las vibras más buena onda a le pandille, termina el acto, la noche y su Ciudad ni se enteraron de este secreto.

Salir de nuevo a respirar el aire horrendo de la hermosa Ciudad, salir también por un par de tanques más para el rock, para la noche, para las luces de la mente. Volver y buscar un lugar cerca del escenario. Comienza raro. Ya sabes. Esos toquines que dices, esto está raro, pareciera que no va bien, pero sé que subirá de tono hasta el grito encefálico desaforado, así será. Lo fue. No se escuchaba la secuencia, y que la secuencia no sé qué y que la secuencia no sé qué más, y pues bueno, una vez que la bendita secuencia sonó, esta pandille de Monotonía le comenzó a dar sabroso al desmán, al debraye, al vámonos tendidos, el vocalista dice de un de pronto, buen jueves, y la neta sí, buen jueves, con estxs chavxs de Verechas que cómo le rasgan a la guitarrota, mega viajes en cada solo, en cada intro, la chica con la voz apantallando maldiciones, ahuyentando malostrips, llevándonos con su baile y actitud a la diversión del más allá. Rola tras rola incitaban al movimiento corpóreo, motivaban a los sentidos de una manera peculiar, les faltaba la batería y el bajo pero la bendita secuencia les echaba la manota, los cuatro ahí desperdigaban ácida monotonía, ¡ahkarate!, qué diversión, qué jueves, qué horas, qué onda de quién sabe qué maldita cosa.

Después de que Monotonía interpretó una suavesita, me largué. Anduve por Reforma, a paso firme, preguntándole un buen de estupideces a las nubes dueñas de las diez de la noche, caminar hasta encontrar un metro. Una sombra me sigue. Una luz le hace desaparecer. Wong-Kar Wai en mis movimientos, Jean-Luc Godard repitiendo en mi cabeza mensa no sé qué cosa sobre la felicidad del mundo. Me distraigo en Reforma y Juárez, camino sobre el suelo resplandeciente de la Alameda Central, llego a Bellas Artes entre ecos de ligue, palabras de cortejo y besos silenciosos, frente al Palacio rezo hasta que el pegaso más viejo se mueve y cortés, me invita a un viaje aéreo por esta Ciudad.

DRN… sosprendido, monótono, tripiado…


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