parque de los venados


Escúchame hijo de tu reputísima y perra madre, escucha, cállate el hocico perro desgraciado, cállate, pinche mentiroso, perro, cállate cabrón, ya te dije, pues vete perro, vete, vete cabrón, no me estés amenazando, pinche perro, vete a tomar, a drogarte, lárgate, pinche perro, hijo de tu pinche perra madre, me cae que te odio, te odio, te pinches odio, yo te di la mano cabrón, te hice el amor, y tú, eres una mierda, hijo de tu perra puta madre, mentiroso cabrón, ya, hasta me da pena, voy aquí en el camión.

Al otro lado de la línea, tambaleante, ojeras de profundas y oscuras galaxias, mirada extraviada en el desinterés, chaqueta de mezclilla ajustada, playera negra, rota del cuello, cabello corto despeinado, pantalones oscuros de poliéster, zapatos negros, calcetines a rayas rojinegras, andar lento, escuchando el odio, el desesperado reclamo, no sabía si colgar la llamada, contestar algún monosílabo o aventar el móvil lo más lejos posible, pero no podía, no quería, estaba obsesionado con eso, con el momento, con la manera de acontecer humano, ahí, en ese plaza acalorada, con la voz enfadada hasta la guerra, y por supuesto, obsesionado con su móvil. Siguió, tambaleándose, hasta llegar a la barra de una mezcalería, en donde sonaba, dicen que te vieron lejos, entregándote al momento… dicen que llevabas puesto un vestuario tan violento…

La historia entre estas dos personas no es tan compleja: se conocen en un instante no adecuado, ambos en una situación emocional peculiar: pérdidas, muertes, el entierro de una mascota, mudanzas, problemas familiares, económicos. Domingo, en el Parque de los Venados, cerca de las bancas con mosaicos pintados a mano, ambos traen un vaso de café en la mano, capuchino y americano, no, moka deslactosado y americano. Hay algo que pasa, un impulso demasiado animal, el olfato se agudiza, la cafeína les había alterado un poco, es lo que buscaban. Sentados a unos, creo, diez metros, se miraron, sin la mirada no hay mucho qué hacer, la mirada, después otra mirada, una más en busca del juicio. No me acuerdo, tampoco ellxs se acuerdan de las primeras palabras que se dijeron. Se dieron sus cuentas de instagram,, la obsesión comenzó a crecer.

Al llegar al alojamiento, tambaleando, descubrió que en el camino había extraviado su móvil, mirando al techo, el foco, la grieta. Intentó quedarse despierto, trató de dormir de píe, se tumbó en el suelo, sobre la alfombra y los cojines, se fue a dormir tarareando una canción boba que le llevó al sueño más desgraciado: un hombre caminando sudoroso, sufriendo el calor, escucha los gritos de la vida a su alrededor, quiere escapar, no puede, no sabe cómo. Tirado, entre los cojines, duerme hasta el ronquido estelar.

DRN… tranquileando, nomás blablaseando

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