Desquiciado. En algún momento, de alguna noche, me miré en mis sombras tiradas en las calles empedradas, me perdí, me extravié de inmediato. Aquí, en Guerrero, en Taxco, en el monte, subiendo y subiendo para alcanzar las penas, para dejarlas caer y que rueden. Esquivo taxis, autos, temo morir atropellado más de una vez, pero no sucede. Me atrabanco en los mezcales, escucho una canción ranchera en un viejo radio de pilas; muerdo una delgada y crujiente tortilla de maíz untada de frijoles, bebo, de un chingadazo una corona que me venden en unos de los pisos del mercado más extraño, confuso, misterioso, en el que puedes entrar si tienes el deseo de extraviarte hasta encontrar los tacos de barbacoa de chivo. Todo detalle dice algo del paso de la humanidad, es un sitio que presume sus huellas, sus callejuelas en donde guardamos secretos, fantasmas embriagados de diversión. Muy arriba, muy nocturnos, muy en la plata.
Muy arriba, entre las nubes de escandalosa calma al habitar el paisaje. Y Santa Prisca para arrojar las maldiciones, perderse en las formas y sombras de su decorado al tiempo que el supremo ilumina candoroso la Ciudad. Alocado, trastabillando, dando de gritos en las calles, Taxco, entre los montes que se despiertan con resaca cada mañana cuando escuchan los gritos de un niño que busca a su mamá.
Textos y fotos: DRN… ataxcadito, juguetón













